De San Lorenzo de El Escorial a la ermita de la Virgen del Cubillo: aquí nadie se queda atrás

 

Gran grupo de senderistas posando de noche antes de iniciar la marcha frente a los soportales de una plaza iluminada.
Los participantes se reúnen de madrugada en los soportales de San Lorenzo de El Escorial para iniciar la travesía.

En la madrugada del domingo 14 de junio, 53 valientes -o inconscientes, según se mire- iniciamos con mucha ilusión la marcha desde San Lorenzo de El Escorial a la ermita de la Virgen del Cubillo, situada en el municipio de Aldeavieja (Ávila), a casi 40 kilómetros de distancia y con un desnivel positivo total por encima de los 900 metros. Hay constancia de que esta caminata viene realizándose desde los años 60 e incluso antes.

Todo comienza con el típico no hay h* a hacerlo. Es entonces cuando te vienes arriba y, ¡hala!, ya te han liado; o te lías tú solito, porque esto es una decisión propia.

Un rompepiernas para empezar

Se queda un poco antes de  las tres de la madrugada en los Soportales si quieres tomarte un cafelito con churros por cortesía de Luis Medrano. Habiendo dormido poco, imposible conciliar el sueño, te planteas ¿quién me manda a mi meterme en este sarao? Pero ya no hay vuelta atrás y hay que intentarlo.

Armados con linternas,  frontales,  bastones, algunas provisiones y, los que hacíamos el camino por primera vez, medio melón, emprendimos el ascenso hasta el Alto de Malagón, un auténtico rompepiernas donde, todavía a oscuras, pudimos disfrutar de las luces de Madrid.

Seguimos adelante hasta la siguiente parada en la Fuente de las Negras. Tras dar cuenta de unas almendras, nos reagrupamos; milagrosamente, no faltaba nadie.  Continuamos hacia la Casa de la Cueva, camino de Peguerinos, donde se unieron dos personas más, hasta llegar al Cerro de las Damas, donde paramos unos minutos para reunir el grupo. Aquí nadie se queda atrás.

Retama y tomillo

Entre risas, bromas y comentarios de todo tipo, porque 10 horas de caminata dan para mucho, retomamos la marcha en dirección a la finca La Cepeda para hacer un descanso y comernos el bocadillo. Son ya varias las horas de marcha y aunque la dificultad no es alta, el cuerpo lo nota. Las vistas son espectaculares, la retama todavía está en flor y un intenso olor a tomillo nos invade.

Proseguimos el camino en dirección a la finca El Bercial hasta el refugio Majada Los Lobos, donde por fin dimos buena cuenta del melón, que nos supo a gloria y liberó de la pesada carga a sus portadores. En el refugio se guarda un cuaderno de visitas, donde dejamos constancia de nuestro paso.

Con las pilas recargadas, ya habíamos completado la mitad del camino, iniciamos el ascenso al cerro de San Bernabé, una larga travesía por veredas interminables y  campo a través, donde el ganado no nos quitaba ojo, ya que habían nacido varios terneros. Avanzamos con ojo avizor y paso firme hasta la próxima parada junto a la carretera de El Espinar – Ávila. Allí, voluntarios de la organización habían preparado un tentempié para reponer fuerzas y aprovisionarnos de agua.

Grupo de senderistas conversando y descansando de pie en un claro de un frondoso bosque de pinos altos junto a unas ruinas de piedra.
Momento de descanso y reagrupamiento del contingente en una zona de sombra rodeada de pinos antes de afrontar el último tramo.

La llegada a la ermita

Ya en lo alto, tras una cantera se vislumbraba la torre de la ermita. Hubo un subidón colectivo: ¡Ya quedaba poco! Pero nos separaban aún 14 kilómetros y el cuerpo empezaba a pasar factura. Como buenos peregrinos improvisados, tiramos de orgullo, compañerismo, un último esfuerzo y por fin… la llegada. Allí estaba la ermita de Nuestra Señora del Cubillo, un momento verdaderamente emocionante. ¡Lo habíamos logrado!

Era el momento de entrar a la ermita para dar gracias a la Virgen. Sorprende el tamaño y la rica decoración interior. 

oto de grupo de los senderistas sentados y de pie frente al impresionante y dorado retablo barroco en el interior de una iglesia.
Imagen de familia de los exhaustos pero satisfechos participantes en el interior de la Ermita de la Virgen del Cubillo, en Aldeavieja, tras completar los casi 40 kilómetros de ruta.

Algunos  aprovecharon también para refrescarse en la fuente y, cómo no, para tomarse ese prometido botellín, bien fresquito. Es curioso, pero el bar está dentro del edificio de la ermita, regentado por el marido de la santera. Ésta nos contó la gran devoción que existe en los pueblos de la Sierra de Guadarrama a la Virgen del Cubillo, que se le apareció a un pastor dentro del tronco del árbol en el que había colgado su ‘cubillo’, de ahí la advocación mariana, cuya Romería se celebra el 8 de septiembre. Son varios los municipios del entorno los que realizan esta caminata en diferentes fechas.

Finalizada la caminata, y tras recibir las credenciales cubilleras, vuelta a San Lorenzo -ahora en coche- para terminar la jornada con una comida de hermandad en la Sidrería de Llovio. 

Si algo quedó claro es que estas locuras merecen la pena, a pesar de las ampollas, el dolor y, al día siguiente, las temidas agujetas.

Teresa Rubio

 
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