Cohousing sénior en Guadarrama: «No es ninguna chifladura, queremos vivir acompañados y envejecer activamente»
Un modelo autogestionado que pone el acento en la vida en común y va más allá de una simple residencia de mayores.
Una parcela en los números 23-25 del Paseo de la Alameda de Guadarrama es la depositaria de los sueños de la veintena de socios que componen el cohousing sénior Ad Petrum, un proyecto que nació en 2021 y que desde entonces ha ido evolucionando, aunque sin perder su esencia. El llamado “grupo semilla” dio con un estudio de arquitectura y un suelo dotacional en Los Negrales, aunque finalmente el vendedor se echó para atrás; de ese “pequeño palo” surgió pronto la oportunidad de llegar a Guadarrama (“es una maravilla, estamos encantados”), donde nos citamos una típica mañana de invierno en la Sierra para mantener una conversación coral con seis de los integrantes de esta cooperativa que en realidad es más un proyecto de vida: Esther, coordinadora de la Comisión de Comunicación; Saturnino, coordinador de la Comisión de Servicios y miembro de Comunicación; Encarna, que forma parte de las áreas de Comunicación y Hacienda; Paco, vocal del Consejo Rector; y Carmen, secretaria del Consejo Rector y también miembro de Comunicación.

Antes de continuar, convendría aclarar algo: ¿Qué es un cohousing? “La traducción más literal que habría sería la de cooperativa de viviendas colaborativas en cesión de uso. No es cohabitar, que tiene otro sentido; tampoco es sólo comunidad, sino que va más allá. Es algo mucho más complejo, un modo de vida”, explican.
El boca-oreja hizo que aquel primer grupo semilla fuese creciendo y de 5, 6, 7 personas pasaran a 15, 18, 20… Y hasta 22 si contamos la pareja que en el transcurso de esta charla confirma que acaba de dar la entrada para sumarse a la cooperativa. En total serán 25 unidades residenciales de 1 o 2 dormitorios, baño, salón con cocina y una zona con jardín o una amplia terraza, y sobre todo una gran “casa comunitaria” en la que habrá comedor, sala de estar, gimnasio y zonas al aire libre con jardines y un huerto, entre otros equipamientos. Para ello, además del coste de entrar como socios con la correspondiente cesión de uso, se establecerá una cuota mensual que como máximo estiman que rondará los mil euros, incluyendo todos los gastos (luz, agua, calefacción, comedor y otros servicios). En cualquier caso, argumentan, “el coste de una residencia privada es mucho mayor”.
El funcionamiento
“Legalmente la propiedad es de la cooperativa, nosotros no vamos a ser propietarios”, señalan. “Si una persona se va, por las circunstancias que sea, o fallece, los hijos heredan esa cesión de uso, por lo que si están en edad (los estatutos de Ad Petrum establecen que sea a partir de los 50 años) y son admitidos, podrían entrar; y si no, se les devolvería esa cesión, pero no a precio de mercado, sino al que se pagó para acceder, más un pequeño incremento en función del índice del coste de la vida. No hay un fin lucrativo”, detallan.
“Lo que queremos”, subrayan, “es que la especulación no entre de ninguna manera. Aquí no se invierte, sino que se trata de vivir acompañados, de no estar solos, de envejecer activamente y además hacerlo autogestionados. Somos nuestros propios gestores. Se necesita un apoyo externo, como un gerente, porque la ley nos obliga, pero siempre tendremos la última palabra”.

Por ahora ya están comprometidas 16 de las 25 unidades residenciales, y confían en llegar a 20 con el ‘sí’ de varias personas que ya se han interesado, por lo que apenas quedarían otras cinco para completar el proyecto, y aunque 70 años sería la edad tope ahora buscan más bien que se sumen cooperativistas por debajo de los 65. “La razón es fácil, y es que queremos que cuando entremos a vivir no haya demasiada gente con dependencia o próxima a estar en esa situación, porque eso requiere una gestión distinta, para que no se convierta en una simple residencia de mayores. Los de 70, que no teníamos esa edad cuando empezamos con este proyecto, ya hemos cubierto esa franja de edad”.
En cuanto al funcionamiento posterior, avanzan que “cuando se necesite un apoyo, se contratará, pero nunca llegaremos a ser una residencia al uso. Nuestra idea es darnos compañía, que es algo importantísimo cuando llegas a determinada edad. Por eso ponemos ‘vivir compartiendo’; la idea es hacer vida en las zonas comunes. Dentro de nuestra organización interior, tenemos claro que queremos hacer juntos la comida del mediodía. Se trata de vernos, saber de cada uno y no tener el riesgo de encerrarte en tu apartamento y no querer salir”. Esa vida en común es algo en lo que de hecho ya trabajan de forma activa a través de salidas, fines de semana y encuentros «en los que se habla de lo divino y de lo humano», organizados por la Comisión de Haciendo Comunidad.

Una idea romántica… y también práctica
“Nuestro objetivo es vivir con dignidad y tener una vejez activa y saludable, acompañándonos hasta el final. Puede sonar romántico, e incluso un poco ilusorio, pero es nuestra idea”. De paso, también es una cuestión práctica: “Luego contrataremos el servicio sanitario que se necesite, que siempre será mucho más barato entre varios que si lo tiene que pagar uno solo. Estamos hartos de ver lo que es el final de la vida solos en casa, con unos cuidadores que no te entienden o aparcados en una residencia. Por eso no es una inversión en dinero, sino en calidad de vida”. Una vez en marcha, habrá comisiones que desaparezcan y otras que se crearán; sí se mantendrá en cualquier caso la de admisión, que consideran fundamental: “Es que quien llegue no sólo va a ser nuestro vecino, sino que se va a convertir en familia”.
Su intención es también poner en marcha distintas actividades (talleres, clubes de lectura, gimnasio, etc.), no sólo para los socios, sino abiertas a los vecinos de Guadarrama. “Queremos integrarnos plenamente en el pueblo”, afirman, y para ello prevén llevar a cabo próximamente una reunión informativa en la que presentarán esta iniciativa.
De la extrañeza al apoyo
Los que tienen hijos reconocen que cuando les plantearon esta idea, la mayoría reaccionaron con extrañeza: “Habían visto cómo habíamos cuidado a nuestros mayores y ellos decían que también nos querían cuidar, pero si podemos evitarles eso, mejor: mejor para ellos y mejor para nuestra dignidad”. “Es un proyecto que hemos elegido y hemos elegido entre todos”, continuaban, con la vista puesta en los próximos pasos para que Ad Petrum sea una realidad.

Tras la compra de la parcela en septiembre de 2025, ahora esperan un último empujón (para ello han contratado también los servicios de una gestora con amplia experiencia en el campo de las cooperativas) y completar el número de socios necesarios para poner en marcha las obras. “Si se necesita financiación externa, aunque sea a través de banca ética, nos van a exigir que estén cubiertas prácticamente todas las unidades residenciales; nuestra intención es incluso autofinanciarnos, pero dependerá de lo que nos cobre la empresa constructora. La idea es pedir licencia al Ayuntamiento en seis meses y que los trabajos pudieran empezar a finales de 2026 o principios de 2027, con un plazo de un año y medio o dos años, porque todavía estamos barajando si optar por una construcción modular para acortar los plazos”. Lo que sí tienen claro es que será un edificio sostenible, con el máximo nivel de confort y criterios de accesibilidad universal, para lo que contarán con el asesoramiento del Centro de Referencia Estatal de Autonomía Personal y Ayudas Técnicas (CEAPAT).
“Creemos de verdad que no es ninguna chifladura, sino que lo tenemos muy bien estudiado y estructurado. En nuestro caso, encontrarte a los 70 años con otras veinte o treinta personas como tú, empezar a colaborar, a pensar, a opinar… pues es maravilloso. El que venga después, porque esto está pensado para que perdure en el tiempo, se lo encontrará hecho, pero tendrá otros retos”, concluyen, a la espera de que este sueño se convierta definitivamente en el vehículo para continuar llevando las riendas de sus vidas.
Un modelo en crecimiento
El cohousing surgió a finales de los años 60 y principios de los 70 en Dinamarca, impulsado por familias y mujeres que buscaban apoyo mutuo, cocrianza y combatir la soledad. Basado en el modelo danés Andel de cooperativas, busca un equilibrio entre vida privada y espacios compartidos, expandiéndose internacionalmente en los 80. La fórmula desembarcó en España en el año 2000 con el Residencial Santa Clara, en Málaga, llegando luego otros proyectos en Tarragona, Horcajo de la Sierra (Cuenca) o Torremocha del Jarama, el pionero en la Comunidad de Madrid.
Dentro de nuestra comarca, también se ha desarrollado el de Villa Rosita en Torrelodones, y en la región avanzan iniciativas similares en Rivas o Madrid capital. “Es un modelo que ya está testado en muchos países de Europa y que, como consecuencia de la crisis de vivienda, se va a ir imponiendo en los próximos años. Para los jóvenes va a ser más complicado, porque no tienen la base de una propiedad que puedan vender, pero ya hay proyectos intergeneracionales que están funcionando muy bien, como Entrepatios, en Usera”, explican los miembros de Ad Petrum desde su parcela en Guadarrama.
Enrique Peñas
