Cuerda de Cuelgamuros: del Alto del León a San Lorenzo, entre cruces, miradores, ruinas y leyendas

La ruta, de 22 kilómetros, toca las emblemáticas cimas de Cabeza Líjar y Abantos, y ofrece la panorámica más espectacular del Valle de los Caídos.

Hay quienes también la llaman Cuerda de la Carrasqueta o de los Pinares Llanos, pero el nombre de Cuelgamuros, el valle donde se enclava el monumento a los Caídos, está muy latente en gran parte de sus veintidós kilómetros de recorrido, los que van del Alto del León a San Lorenzo de El Escorial, siguiendo las marcas blanquirrojas del GR-10, el sendero de largo recorrido que une Valencia con Lisboa. En efecto, Cuelgamuros y su especial significación histórica casan con lo que se ve o intuye en el largo cresteo que lleva del León a la Sierra de Malagón, hacia el Occidente de la Sierra del Guadarrama, más largo aún que la mismísima Cuerda Larga, aunque a menor altura.

Por el camino se disfruta de miradores impresionantes, se pueden curiosear los búnkers, observatorios y trincheras de lo que fue uno de los frentes de batalla con más relevancia en la Guerra Civil, o también apreciar el triste deterioro de los refugios de montaña de la Naranjera y la Salamanca, obra del Icona en los años cincuenta. O conectar con leyendas y mitos de la intrahistoria de los pueblos, incluso con batallas ciclistas épicas, como aquella del infructuoso intento de Perico Delgado por desbancar del liderato al italiano Marco Giovanetti en la Vuelta a España de 1990, a base de atacar en el Collado de la Mina; o los finales de etapa en Abantos, el monte que castiga las piernas del excursionista en el descenso final hacia San Lorenzo, que es lo más duro de la ruta, sea en bajada o en subida.

Vista de Cueva Valiente desde Cabeza Líjar

La Cuerda de Cuelgamuros es todo eso más sus cruces. Cruces que remiten a un pasado de guerra y muerte, también a episodios luctuosos ya casi perdidos en la memoria de los pueblos, y que encuentran en ellas las que quizá sean sus únicas ventanas al recuerdo. La Santa Cruz de los Caídos, la más alta de la Cristiandad con sus 150 metros de altura, late sobre todo el trazado, especialmente en su ecuador, cuando el Risco de la Nava y sus Evangelistas, con la Abadía benedictina a sus pies, se muestra en todo su conjunto al caminante que se haya desviado unos metros para encaramarse al mirador de la Naranjera.

No es la única cruz: las hay desde que se comienza a andar en el Alto del León, también en la cima de Abantos y en su bajada, donde basta con desviarse un poco del GR-10 para deleitarse en el mirador de la Cruz de Rubens, o para iniciarse en la triste historia del niño Pedrín, cuya cruz asoma al barranco mostrando en su inscripción que fue allí, en 1893, donde se encontró el cadáver del pequeño, tras varias semanas de ardua búsqueda por los bosques sanlorentinos.

Del León a Cabeza Líjar

Nuestra cita con las historias y leyendas de la Cuerda de Cuelgamuros debe comenzar en el Alto del León para ir en sentido Este-Oeste, lo más sensato si nuestra forma física no está para ascender los más de 600 metros de desnivel positivo que separan San Lorenzo de El Escorial de la cima de Abantos, más la propina de diecisiete kilómetros de cordal que vienen después.

Elegido ese punto de partida, dejaremos un primer vehículo en el aparcamiento del puerto, junto al Asador del León -tan recomendable para cargarse de energía con un buen desayuno como para reponer las fuerzas perdidas después de cualquier excursión-, y nos habremos asegurado el regreso dejando un segundo coche en San Lorenzo de El Escorial. Previamente, ya nos habremos mentalizado para lo que viene: entre cinco y seis horas de marcha, que se transforman fácilmente en más de ocho con las pertinentes paradas para avituallamiento, fotos y disfrute de la montaña.

Nuestra ruta comienza flanqueando el restaurante por su derecha, cogiendo la descarnada pista que va a Peguerinos. Nada más arrancar, ya dejamos a la izquierda, tras una valla, los  restos bien conservados de un barracón de tropa de alta capacidad construido para la retaguardia del bando nacional, primero de tantos vestigios de la Guerra Civil de cuantos salpican la línea de cerros que culmina en Cabeza Líjar. Subiendo un poco más, vamos dejando a la derecha el Acuartelamiento Aéreo Alto de los Leones, la base operativa de la Escuadrilla número 3 del Ejército del Aire, a caballo entre el término de Guadarrama y el de El Espinar, y nos encontramos con la primera cruz del camino, en homenaje a los caídos en el frente de batalla de Guadarrama, entre los que se contaron al coronel republicano Enrique del Castillo y el líder falangista Onésimo Redondo, entre otros mandos.

Estamos en la pista del Vía Crucis, que de seguirla, nos llevaría hasta el collado de Lagasca, rodeando por el Sur y a media ladera nuestro primer objetivo: el cerro Piñonero, o de la Gamonosa. Su ascenso comienza al cabo de un kilómetro de ruta, nada más franquear una valla, y para encararlo abandonamos la pista a nuestra izquierda y seguimos las marcas del GR-10 por el difuso sendero que se adentra en el bosque, y sube siempre paralelo a la valla del límite provincial con Segovia.

Apenas un kilómetro después, habremos ascendido hasta los 1.641 metros del Cerro Piñonero, coronado por una pradera que, hacia la izquierda, se abre hacia la Meseta Sur y reserva en un roquedo un balcón privilegiado hacia La Jarosa, además de unas excelentes vistas de las cumbres del macizo central del Guadarrama. Es allí donde podemos bajar por una escalera al búnker observatorio de la llamada Posición de la Loma de Falange y, levantando una trampilla, recrear la panorámica que tenían los soldados del ejército sublevado sobre las posiciones avanzadas que los republicanos habían hecho fuertes en el Cerro de los Álamos Blancos, en  el valle de La Jarosa.

Refugio de La Salamanca

Hecha tan singular parada, volvemos sobre nuestros pasos a retomar el GR-10, siempre pegados al límite provincial, y emprendemos el leve descenso que nos lleva al Collado de Lagasca, donde volvemos a confluir con la pista del Vía Crucis. Se trata de un punto clave, pues allí empieza el ascenso a la emblemática cumbre de Cabeza Líjar, enclave iniciático de los primeros exploradores alemanes del Guadarrama, a mediados del siglo XIX, y punto más alto de nuestra ruta, con 1.823 metros.

Su ascenso resulta el más exigente del trayecto -unos 230 metros de desnivel-, pero más leve si se compara con otras montañas de la Sierra. Para acometerlo, es necesario pasar al lado segoviano en el Collado de Lagasca, franqueando una cancela que queda a la parte derecha, situada a los pocos metros de haber retomado la pista del Vía Crucis. Tras cerrar la puerta -muy importante para evitar la fuga del ganado-, el ascenso se va endureciendo de forma progresiva junto al límite provincial, ganando altura por un terreno pedregoso que, en su parte más abrupta, tiene una sugerente formación de granito desde la que se dominan las excelentes vistas de la Sierra que luego mejorarán en lo más alto de Cabeza Líjar.

La icónica cima marca el kilómetro cinco de la ruta y es de parada obligada, por su refugio y el mirador circular que lo corona, ofreciendo una panorámica de 360º desde la que se distingue todo: hacia el Este, La Peñota, el Montón de Trigo, La Mujer Muerta, la Bola del Mundo, La Maliciosa, la Cuerda Larga, la Pedriza…; al Sur, la planicie que apunta a Madrid, el embalse de Valmayor, los pueblos…; hacia el Norte, la estepa segoviana y los pinares que preceden a Peguerinos; y al Oeste, el cordal que debemos seguir hasta Abantos, con las siluetas de Gredos adivinándose al fondo, y Cueva Valiente a la derecha, la montaña que marca el techo del vecino El Espinar.

Cabeza Líjar, a su vez el punto más alto del municipio de Guadarrama, permite pisar tres provincias en pocos metros: Madrid, Ávila y Segovia. Un enclave de indudable valor estratégico que, durante la Guerra Civil, fue el último bastión de los nacionales hacia el Oeste del cordal, enfrentado a la plaza fuerte del ejército gubernamental del cerro de La Salamanca, nuestro próximo objetivo.

Hacia el mirador del Valle

Para alcanzarlo, el GR-10 desciende Cabeza Líjar por el lado opuesto de la subida, hasta encontrarse de nuevo con la pista que va a Peguerinos en el Collado de la Mina, a 1.710 metros de altura. Es el punto separador del frente de batalla, y el paso de montaña entre provincias cuyo nombre remite a la mina de wolframita que había en sus inmediaciones, el mineral del que se obtiene el wolframio, muy codiciado en época de guerra por ser material esencial en el blindaje de los carros de combate, además de servir en la elaboración de lámparas incandescentes y resistencias. Si se va con tiempo, la bocamina queda a unos doscientos metros del collado, bajando por su pendiente más pronunciada; pero el Cerro de La Salamanca nos espera sin dejar nuestra ruta blanquirroja del GR-10 hacia el Oeste, camino nuevamente marcado por la valla del límite provincial. El ascenso arranca nada más cruzar la pista asfaltada a Peguerinos, que en este punto ya no es la del Vía Crucis, sino, por razones obvias, la de La Mina.

Sobre ella afloran historias más amables que las anteriores, que remiten a los pasos de la Vuelta Ciclista a España por el puerto, sobre todo a la batalla por el maillot amarillo de 1990 entre Perico Delgado y Marco Giovanetti, con los infructuosos ataques del segoviano en los repechos más fuertes de la subida que viene desde Peguerinos, por el collado del Hornillo. Con ello en el recuerdo cruzamos la línea de asfalto y andamos los 800 metros de llevadera subida al cerro de La Salamanca, cuya cima reproduce espléndidas vistas hacia los cuatro puntos cardinales, amén de ofrecer su refugio al caminante. Lamentablemente, la bella construcción, realizada por el Icona en los años cincuenta, se nos muestra en estado de semirruina, con el tejado a dos aguas derruido, dejando al aire el forjado del entretecho que, mal que bien, aún sirve para cobijar al excursionista, entre pintadas y grafitis que recuerdan que aquello fue posición republicana, prácticamente hasta el final de la Guerra Civil.

La Salamanca marca el kilómetro 6,7 de la ruta, que ahí ya enfila hacia Cuelgamuros por los tramos más amables del GR-10, más cómodos para los pies, sobre praderas de montaña salpicadas por sugerentes formaciones de granito y vistas espectaculares de los bosques que apuntan hacia Peguerinos. Es la zona de los Riscos de Polanco, por la que seguimos perdiendo altura hasta llegar al Cerro de la Carrasqueta, cuya cima, coronada por un montón de piedras y atravesada por la valla que separa Madrid de Ávila, marca el ecuador de la excursión.

Interior del refugio de La Naranjera

Tres kilómetros después, el GR-10 encuentra el refugio de La Naranjera, aún en peor estado de conservación que su gemelo de La Salamanca, pues la ruina de su tejado se ve agravada en su caso por el colapso del entretecho, que deja su sala con chimenea abierta al cielo en su mayor parte. El descanso bajo el porche del refugio, trazado con arquitectura característica de montaña y sustentado en piedras de granito, pone al excursionista frente a un paraje idílico de bosquecillos y praderas, muy placentero para el alto en el camino, tanto si se viene siguiendo el GR-10, como si se llega procedente del área recreativa de la Fuente de las Negras, desde el Puerto de Malagón.

Pero hay más: basta con desandar unos pasos hacia el Este para toparnos con una abertura en la tapia de Felipe II, la que el Rey mandó levantar para delimitar sus dominios y, tras franquearla, encontrarnos con una visión majestuosa de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, con las imponentes esculturas de los Evangelistas custodiando cada uno de los cuatro puntos cardinales, y la Abadía benedictina a sus pies, todo enmarcado en un imaginario cuadro que tiene como telón de fondo la parte más oriental de la Sierra del Guadarrama. La panorámica de Cuelgamuros y el Risco de la Nava aún puede verse aumentada subiendo al Mirador de la Naranjera, el conjunto de moles graníticas que veremos a nuestra izquierda, enfocado directamente al monumento.

Vista del Valle de los Caídos y el embalse de La Jarosa desde el mirador de La Naranjera, con una espectacular panorámica de la Sierra de Guadarrama

Rumbo a Abantos

Una vez recreada la vista, la ruta retoma el GR-10 paralela a la tapia de Felipe II, admirable por su resistencia al paso de los siglos, sin argamasa alguna, con sus más de dos metros de altura y 46 kilómetros de perímetro. En pocos metros, escorándonos a la derecha, el camino emprende el esforzado ascenso al Cerro de San Juan, con tramos de fuerte pendiente bajo el bosque que nos llevan a superar de nuevo los 1.700 metros de altitud. Cuando el pinar queda atrás, en pocos centenares de metros ganamos la cumbre, coronada por un geodésico cilíndrico pegado al amplio camino que ya nos lleva directos hacia Abantos, sin pérdida posible.

Un leve descenso nos llevará hacia la zona del Portillo de los Pozos de Nieve, fechados en época del rey Carlos III, y que encontraremos atravesando la alambrada del límite provincial entre Madrid y Ávila. Desde allí, apenas queda un aliento para coronar los 1.752 metros de Abantos, cuya cumbre alcanzaremos tras recorrer algo más de un kilómetro flanqueados por los piornos, andando el amplísimo camino que transcurre pegado a la histórica tapia de piedra, y que deja intuir en todo momento la proximidad de la cima. En ella se nos abre una explanada de canchales y roca que constituyen un mirador extraordinario abierto al Sur, prácticamente colgado en un abismo que parece sobrevolar San Lorenzo. De Sur a Oeste se ve el embalse de Valmayor, Las Machotas, la Cruz Verde, San Benito…; hacia el lado opuesto, las cumbres más altas del Guadarrama que se encadenan hacia la Pedriza; y de frente, toda la comarca del pie de Sierra, con los pueblos en el inicio de la planicie que va perdiendo suavemente altura hacia Madrid, cuyo skyline de cuatro torres se distingue a la perfección en los días despejados, con o sin polución.

Cima de Abantos

El esforzado descenso a San Lorenzo

La cima de Abantos, con su cruz -una más en el camino-, su geodésico y su estación meteorológica, merece una larga parada. Pero llevamos diecisiete kilómetros de cordal y nos queda por realizar el mayor esfuerzo de la marcha: el descenso hacia San Lorenzo de El Escorial, con alrededor de 600 metros de desnivel. La montaña gurriata ofrece varias alternativas para acometerlo, entre ellas una tan gratificante para la vista como la ruta por la pista que lleva a la Cruz de Rubens, otro balcón sobrecogedor, y hacia el mirador de Los Alerces y la fuente del Trampalón; también invita a desviarse a la no menos espectacular Casita del Telégrafo, o a buscar las ruinas de la Casa del Renegado; o, más abajo, a ir al encuentro de la desdichada y truculenta historia del niño Pedrín, recordada con una cruz que asoma a los barrancos del Risco del Portacho.

Ajeno a ésa y otras leyendas, el GR-10 se muestra más pragmático y directo, y nos propone ahorrar kilómetros de bajada a base de atacar la ladera más a la brava. Siguiendo siempre sus marcas blancas y rojas, emprendemos la bajada por un primer tramo que empieza cayendo hacia al Oeste y luego da un viraje a la izquierda que nos lleva directos a la pista de los miradores, todo en poco más de medio kilómetro. La confluencia de itinerarios se da en un amplio pastizal, encajonado entre una ladera y el bosque que encierra la emblemática fuente del Cervunal, a la que llegamos cogiendo la pista hacia la izquierda y abandonándola al cabo de unos metros, saliendo por su derecha. De nuevo estamos en un enclave idílico, un claro de bosque que invita al reposo en torno al caño de agua pura, procedente de manantiales que desafían los rigores estivales, y que debe su nombre al cervuno, una gramínea fuerte y dura, con hojas algo punzantes que adoptan colores entre verdosos y violáceos.

Las aguas del Cervunal nos sirven para recargar las cantimploras antes de emprender lo más abrupto del descenso hacia el Real Sitio, por lo más exigente del GR-10. El pedregoso camino va perdiendo altura entre pinos silvestres, hasta que éstos dejan paso al pino albar y a un sotobosque en el que la jara empieza a imponerse al helecho a medida que se pierde altura. No tardamos en alcanzar la zona de Las Zetas, donde el camino culebrea salvando las terrazas de la ladera y propone un sinfín de atajos a base de atrochar por la tremenda, en lo que, a esas alturas, ya supone todo un desafío para las rodillas. Una vez completado lo más duro de la pendiente, nos encontramos por enésima vez con la pista asfaltada y la Oficina de los Agentes Forestales, que nos anuncia la llegada al pueblo, justo cuando nuestro rutómetro nos indica que hemos superado con creces los veinte kilómetros de excursión.

Desde allí, al abrigo del bosque, seguimos bajando para ir a encontrarnos con el embalse del Romeral y las primeras mansiones de los barrios altos de San Lorenzo, ya en la carretera de la Presa. De nuevo, allí nos asaltan los recuerdos de la Vuelta Ciclista a España, el de Jan Ullrich de amarillo en 1999, o el golpe de mano de Roberto Heras en la cronoescalada de 2000 para desbancar del liderato a Isidro Nozal. Pero esos evocadores pensamientos pierden fuerza entre el cansancio y lo inminente de nuestra meta, fijada en la Lonja del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, premio final para la vista del esforzado caminante.

Vista del Valle de los Caídos desde el vértice de la finca de Cuelgamuros
LOS DATOS DE LA RUTA 

Distancia y duración: 22,9 kilómetros en 5:15 horas en movimiento, con un total de ocho horas de jornada.

Desniveles: 802 metros en positivo y 1.245 metros en negativo

Hitos y cumbres: Alto del León (1.511 metros); Cerro Piñonero o de La Gamonosa (1.649); Collado de Lagasca (1.601); Cabeza Líjar (1.823); Collado de la Mina (1.710); Cerro de La Salamanca (1.785); Cerro de la Carrasqueta (1.655); Mirador de la Naranjera (1.596); Cerro de San Juan (1.721); Pico de Abantos  (1.752); Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (1.028).

Cota mínima: Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, 1.028 metros

Cota máxima: Cabeza Líjar, 1.823 metros

MATERIAL Y RECOMENDACIONES

– Usar botas de montaña o zapatillas de treking que sujeten los tobillos.

– Proveerse de entre uno y dos litros de agua, en función de la estación del año. La fuente del Cervunal permite recargar agua para el tramo final de la ruta, incluso en verano.

  • Llevar un botiquín básico y no olvidar crema solar de alta protección. Pese a ser una ruta muy sombreada, existen amplias zonas expuestas al sol en su parte media
  • Proveerse de frutos secos, barras energéticas y, en caso de proyectar la excursión a una jornada entera, comida para almorzar ligera y dispuesta para ser ingerida en varias tomas, a efectos de evitar cortes de digestión por el esfuerzo.

– En invierno y con nieve, la ruta puede duplicar su duración y requiere ropa y material específicos, en especial crampones.

– No subestimar la ruta: la alta montaña multiplica el esfuerzo y sus kilometrajes no son equiparables al de los recorridos en llano.

– Evitar molestar al ganado, no dejar basura y ayudar en la limpieza de los refugios.

– Disponer de coches al final de la ruta.

– Consultar las previsiones meteorológicas y abstenerse de hacer la ruta en condiciones adversas. El trazado del GR-10 se sigue sin complicación con tiempo despejado, pero puede perderse con facilidad en caso de niebla.

Jaime Fresno

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