“Antoniorrobles y San Lorenzo de El Escorial”

Antonio Joaquín Robles Soler nació en el verano de 1895, un 18 de agosto, en el pueblo de Robledo de Chavela, en la sierra Oeste madrileña. El país estaba bajo la regencia de María Cristina de Habsburgo Lorena, madre de Alfonso XIII (la novela, “Yo, la Reina” de la escritora Amparo Ruiz Palazuelos, escurialense de adopción, nos ofrece una visión cercana). En la crisis de finales del siglo (1895-1902), se produjo la Guerra de la Independencia de Cuba (1895-1898). Hijo del médico Félix Robles Bermejo, quien tomara posesión como alcalde de San Lorenzo del Escorial el 22 de mayo de 1914, hasta 1920. En 1915 se celebrarían los  “Juegos Floreales”, cuyo mantenedor sería don Jacinto Benavente.

Ramón de Garciasol, escurialense de adopción y amigo personal de Antoniorrobles, en el nº 103 de la Revista Anthropos (“Una poética de la otredad” -pág. 30-), nos refiere: “Antoniorrobles -¡Hermanos monigotes, título ultrafranciscano, prosa de niño en perpetuo asombro!-, que vino a cegar y morir en España, en San Lorenzo del Escorial; nos contaba que don Alfonso XIII, viendo el lucillo que aguardaba a sus restos en el Panteón de Reyes del Monasterio, comentó, con buen humor: “¡Ahí no quepo yo!”. El propio Antoniorrobles, en las “Notas de una autobiografía”, de su cuento “La bruja doña Paz” (Editorial Miñón, 1981), nos recuerda: “Nací en Robledo de Chavela, y a los once meses me llevaron al El Escorial, donde he vivido a diez leguas de Madrid -hasta que se celebraron mis bodas madrileñas-; y luego nos trasladamos a México en 1936. Mi vida juvenil fue a la sombra de aquel Monasterio -octava maravilla del mundo- donde existe el “San Mauricio, de El Greco, el mejor lienzo del mundo, respondiendo, claro está, a mis apasionados prejuicios”.

Otro de sus grandes amigos, el novelista Manuel Andújar, con quien compartió exilio en México, en su ensayo “Signos de admiración”, nos evoca su estancia escurialense en la casa del autor de Hermanos monigotes: “ No veía ya Antoniorrobles, y le mortificaba, las cosas, no distinguía las formas y rasgos de sus prójimos, los chiquitos, no podía contemplar la arquitectura majestuosa de su entrañable Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, no percibía el lenguaje canoro de los rostros, la suma de los órdenes cósmicos que tanto amó. No escuchará más, en el verano, en su recoleto jardín , el vuelo y los gorjeos de los gorrioncillos, el tumor de la yerba cuando la brisa la ondula y acaricia, el mensaje de los árboles veteranos en la sombra estremecida que proyectan al anochecer. […]  Ya no subimos Ananda y yo, los sábados por la tarde, en torno a los siete rituales, la pina cuesta que conduce a su casa solariega en la calle Marqués de Borja. Aún nos duele más su ausencia-presencia, al sonar las campanas a esa hora y en tal jornada. Tremendo el vacío. ¡Fueron tantos años de pláticas confortadores, de intercambiar ilusiones!

En 1966 apareció en México su libro “El refugiado Centauro Flores” (Finisterre). Sin embargo, el centauro Flores se encontraba en el Jardín de los Frailes y en las Lonjas del Monasterio de San Lorenzo del Escorial, como no podía ser de otra manera. En 1932 recibiría el Premio Nacional de Literatura. ¿Quién se iba a acordar si todavía estaba prohibido elogiar a la II República y a los republicanos? Después, la escritora Carmen Martín Gaite, que ya era muy importante, dijo de él que era “genial, irónico, tierno y surrealista”. Y mucho más: “Detrás de mis mejores cuentos late la sombra de Antoniorrobles”. En su recuerdo pusieron su nombre, Antoniorrobles, a un colegio muy hermoso que construyeron en la falda de la montaña de San Lorenzo de El Escorial.

Hoy nos acordamos de él, de su irrepetible personalidad y de su ingente obra. Pero esto no es nuevo. Dentro de otros cientos de años, habrá alguien que también se acuerde de algunos de los que hoy viven sus cuitas, escriben sus obras a la sombra de este Monasterio escurialense.

José Ruiz Guirado