Antonio Escohotado y Galapagar: una deuda pendiente

Pasado el confinamiento, Antonio Escohotado (Madrid, 5 de julio de 1941 – Ibiza, 21 de noviembre de 2021) decidió dejar su casa de Galapagar para encerrarse en una cabaña en Ibiza, su isla fetiche, donde pasaría los últimos meses de su vida. “Si la vida se despide, yo me despido antes. ¿Tú pataleas ante lo inevitable? Yo no”, le dijo el filósofo y ensayista al periodista Ricardo Fernández Colmenero, autor de “Los penúltimos días de Escohotado”.

De Escohotado se ha escrito todo, o casi, desde que este domingo se dio a conocer su fallecimiento a través de Twitter. “Descanso en paz arropado por mi familia”, apuntaba de forma sucinta un mensaje en su cuenta oficial, manejada por su hijo. Poco amigo de médicos y hospitales, evitó hasta el último momento hacerse pruebas, dando la espalda a los achaques propios de sus 80 años y también de una larga trayectoria de excesos y placeres.

Puede que su obra más conocida sea “Historia general de las drogas” (1989), publicada originalmente en tres volúmenes, pero su pensamiento valiente y apasionado dio sucesivas vueltas de tuerca, con una honestidad brutal, en otros títulos como “Realidad y substancia” (1986), “El espíritu de la comedia” (1991), “Caos y orden” (1999), “Sesenta semanas en el trópico” (2003) o “Los enemigos del comercio. Una historia moral de la propiedad” (2008, 2013, 2017), una documentadísima e incómoda -sobre todo para algunos- trilogía sobre el origen y desarrollo del movimiento comunista.

El taller de los olvidadizos

Escohotado se fue a morir a Ibiza porque quizá fue allí donde vivió sus días más plenos y felices, pero su vinculación con Galapagar va mucho más allá de la casa en la que vivió durante años, situada por cierto no muy lejos de la que Pablo Iglesias se compró en La Navata en 2018. Porque este apóstol del pensamiento libre ha sido, entre muchas otras cosas, hijo de falangista, revolucionario (de la revolución en general y de la sexual en particular), antiprohibicionista, rebelde (tanto como para querer alistarse en el Vietcong), marxista, hippie, hedonista y estoico, preso, azote intelectual del comunismo y fundador de la discoteca “Amnesia”, a la que bautizó así con la idea de expresar que cuando la gente sale por la noche lo hace para olvidar sus problemas.

Ese taller de los olvidadizos representa toda una época de contracultura y liberación. Pero “Escohota” es también el bisnieto de Vicente Escohotado, alcalde de Galapagar tras participar en la Revolución de 1868, conocida popularmente como La Gloriosa, que supuso el destronamiento y exilio de la reina Isabel II y el inicio del llamado Sexenio Democrático (1868-1874). “Con dos hombres con escopeta y otros seis con garrota, tomó Alpedrete. Años después, al abuelo Vicente la gente del pueblo le pagó los estudios”, recordaba en una entrevista publicada en 2019 en el diario Sur. Aquel otro Vicente Escohotado, abuelo de Antonio, también fue alcalde, pero de El Escorial en los últimos años del siglo XIX, dentro de una familia siempre íntimamente ligada a la Sierra madrileña. Fue precisamente en San Lorenzo de El Escorial donde sentó cátedra -a su enérgica y desprejuiciada manera, claro- en “Contracultura, desobediencia civil y farmacia utópica”, en el contexto de aquellos primeros 90 en los que los Cursos de Verano de la Complutense vivían su época de esplendor, antes de convertirse en un insustancial paseíllo de políticos en época vacacional.

“El último hombre del Renacimiento”

Hace tres años, un vecino de Galapagar inició una petición, escasamente secundada por otra parte, para que el Centro Cultural de esta localidad llevase el nombre de uno de sus vecinos más ilustres. “Antonio Escohotado es el último hombre del Renacimiento que nos queda, su trabajo ha sido tan enciclopédico que ha pagado por él con la atención de nuestros monstruos nacionales, esos siameses que comparten la espalda, la envidia y la indiferencia; una atención constante que ha hecho que ni siquiera en el ámbito que le debería ser más proclive se le haya hecho justicia: en nuestra universidad, ese antro de sinvergüenzas donde relucen unos pocos faros admirables anclados en su extrarradio, se le ha negado hasta el más mínimo reconocimiento oficial”, señalaba entonces Álvaro Rodríguez Ramos a través de la plataforma change.org. El Centro Cultural La Pocilla, decía, “ganaría con el cambio, al mismo tiempo que haría una simbólica y pequeña justicia a este gran hombre”.

Porque en Galapagar hay plazas, teatros, salas y bibliotecas con los nombres de José Tomás, Jacinto Benavente, Pablo Palazuelo o Ricardo León. Pero la Cultura también va de hombres radicalmente libres como Antonio Escohotado, vecino de Galapagar durante años y bisnieto de uno de sus alcaldes. Su vida fue un continuo y despreocupado vive y deja vivir, así que, con absoluta seguridad, poco -más bien nada- le importaría que tal o cual espacio llevase su nombre. Pero en su memoria, y por la nuestra, bien estaría saldar esta deuda pendiente con el hombre brillante y controvertido que hace algo más de un año dejó su casa de la calle Margarita Nelken para abandonarse, tan libre como siempre, en su amnésica isla de las maravillas.

Enrique Peñas

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