Charo Gómez, codirectora del yacimiento El Rebollar, en El Boalo: “Hemos tenido la fortuna de dar con las distintas fases del edificio”

“Siempre se ha sabido que aquí había algo. Cuando se construyó la urbanización se vio que había presencia de tumbas y que por el tipo -unas fosas excavadas en el suelo forradas con lajas de piedra haciendo una caja en la que se depositaba al individuo- nos llevaría a la época visigoda. Había una serie de datos que podían indicar que además de un cementerio había un lugar de culto”, explica Charo Gómez Osuna, codirectora del proyecto junto con el profesor de Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), Javier Salido Domínguez, que nos guía por el yacimiento de El Rebollar, en El Boalo.

“Nos encontramos en el Cerro de El Rebollar, el camino que viene hacía aquí tiene el nombre de Cerrillo de la Ermita y la calle paralela es de la Virgen del Sacedal. En el Archivo Diocesano, donde se guardan los documentos de la antigua parroquia, se habla de una antigua ermita a las afueras del pueblo dedicada a esta Virgen. La idea era ver si esta antigua ermita de la época moderna podría tener un origen visigodo asociado a esas tumbas. Y hemos tenido la fortuna de dar con el edificio antiguo y sus distintas fases”.

Desde 2018

El proyecto, que se inició en 2018, se encuentra actualmente en la cuarta campaña, en la que durante un mes se hace el trabajo de campo que luego conlleva una parte técnica de dos meses donde se procesa toda la información, estudio de materiales, planos… “recomponer la historia en base a lo que se ha excavado”, resume Gómez.
Aquí no se excava al azar. El equipo, compuesto por la técnico Elvira García y dos antropólogas del Laboratorio de Poblaciones del Pasado para la Antropología Alicia Alonso y Nieves Candelas junto a otras dos directoras que están en la UAM, aprovechan los datos aportados por un georradar. El Centro de Apoyo a la Investigación Arqueológica de la Universidad Complutense utiliza esta herramienta para realizar un estudio geofísico que sitúa dónde podrían estar la estructura del edificio y alguna de las tumbas. “Gracias a ellos hemos podido colocar las áreas de excavación y acertar”, se felicita Charo Gómez.

Un edificio, tres etapas

Los últimos hallazgos permiten confirmar las tres fases de un edificio de culto con una antigüedad de mil años. La primera etapa estaría fechada en los siglos VII-VIII gracias a las pruebas de carbono 14 realizadas a los individuos de las tumbas del interior de la nave. Posteriormente se cree que el inmueble sufrió una situación de abandono en el que habría cierta frecuentación por la zona que atestigua la aparición de monedas árabes del siglo IX. “Es un periodo de inestabilidad en la zona, de ocupación andalusí. El edificio, aunque está a la vista, no tiene culto. No tenemos elementos que nos lleven a pesar que se utilizó durante este periodo andalusí”, corrobora Gómez.
El edificio está formado por una cabecera cuadrada a la que se accede por dos escalones; el superior conserva las quicialeras (huecos donde iban encajados los ejes de la puerta, que tendría dos hojas). A continuación estaría la nave, un espacio cuadrado donde encontramos por debajo del suelo que ellos pisaban, las sepulturas: dos sarcófagos con grandes losas y cistas (cajas de piedra, la fosa forrada con lajas y cubierta por una o más losas).

A partir de los siglos XIV y XV la iglesia se transforma: se modifica la cabecera, se añade una ampliación a los pies y se vuelve a dar ese culto, pero no ya como iglesia, porque muy pocos años después se construiría la parroquia de San Sebastián, sino como ermita, que probablemente tendría la advocación de Nuestra Señora del Sacedal.
La ermita sufrió distintos arreglos y reparaciones del suelo, modificación de acceso a la cabecera y sigue en uso hasta el siglo XVII, cuando los documentos nos dicen que esa imagen de la Virgen se trasladan a la parroquia del pueblo como un altar lateral. “Es un caso frecuente en ermitas de la zona que se quedan sin fondos y la iglesia las cierra y las desmonta; aprovecha parte de los materiales y los vende porque no tienen recursos para mantener el edificio. En algunos pueblos se hace una romería en recuerdo que se dio hace años, pero no es el caso de El Boalo, donde la ermita quedó en el olvido a partir del siglo XVIII, solo queda en los topónimos”, explica Gómez.

Una veintena de tumbas

Dentro de la nave hay nueve tumbas y en el exterior por el momento han encontrando cerca de una docena; casi la mitad son de bebés. “Suelen sellar muy bien las tumbas para que no se meta tierra pero algo de sedimento siempre entra en mayor o menor medida, lo que provoca que el esqueleto se mueva y quede desarticulado; muchas partes no están preservadas. En algunos sarcófagos han hallado dos cuerpos. “Es una práctica habitual enterrar a tu muerto y al cabo de los años, se reduce y se reutiliza, también se hace hoy en día”, explica Alicia Alonso, antropóloga del Laboratorio de Poblaciones del Pasado de la Universidad Autónoma de Madrid encargada de analizar los restos óseos.

“Es una información muy valiosa porque nos está hablando de la población: cómo era su vida, qué enfermedades tenían. Por ejemplo tenían deformaciones en las rodillas porque estaban muchas horas de rodillas o grandes inserciones en los tendones porque hacían mucho ejercicio físico, qué tipo de alimentación… Se trataría de una población ganadera de la Edad Media. Este tipo de edificios tan grandes transmite cierta vitalidad económica y comercial. Hay dos sarcófacos cuya construcción es muy elaborada, que no paga cualquiera. Están enterrados con mucho cuidado. Aquí, además de ganado, la población controlaba la explotación de las canteras y alguna pequeña mina, tienen recursos (unos sarcófagos similares se han hallado en el Yacimiento de Carranque, al sur de la Comunidad de Madrid, que está asociado a un gran centro religioso y a un palacio romano)”, aclara la codirectora del proyecto.

“Lo que nos faltaría ahora son los resultados de la prueba de Carbono 14 de los individuos de las tumbas exteriores que confirmen si corresponden al siglo VII-VIII, como las del interior, o pueden avanzar un poco más y pertenecer a la segunda fase de la ermita que estaría entorno al siglo XV-XVI”.
“Sabemos que había muchas más de cuando se construyeron las viviendas y un estudio arqueológico delimitó el terreno (y autorizó la edificación), pero muchas están perdidas. Sin embargo, los arqueólogos conservaron este terreno, donde potencialmente podía haber restos más importantes, y se quedó como zona dotacional de la urbanización”, explica Gómez. “El Ayuntamiento apuesta decididamente porque sea un centro de investigación y divulgación de la cultura, de las raíces históricas del municipio y el día de mañana pueda incorporarse como elemento de desarrollo local, turístico y económico del municipio mediante la organización de visitas controladas”.

“Sin el trabajo de los voluntarios no podríamos dar a conocer los resultados que hemos tenido en estos cuatro años”

“Este año hemos tenido un enorme éxito de participación. Se han inscrito casi 70 voluntarios procedentes no solo de El Boalo sino de pueblos del entorno e incluso del sur de la región o de la propia capital; tenemos un aforo diario limitado a 25 personas”, indica Charo Gómez, codirectora del proyecto. “Estamos enormemente agradecidos, sin su trabajo y entusiasmo no podríamos dar a conocer los resultados tan espectaculares que hemos tenido”.

Entre esos voluntarios encontramos a Lola Ponce Pérez, que conoció la propuesta del Ayuntamiento de El Boalo a través de Facebook. “En Madrid no hay muchos yacimientos donde puedan venir voluntarios. Es importante que venga la gente del pueblo para que se interese por la arqueología. En España, como hay poco dinero para los proyectos, hay poco trabajo. Los voluntarios solo reciben una ayuda al transporte, no como en otros países europeos donde sí hay alguna remuneración”, cuenta esta graduada en Arqueología por la Universidad Complutense que ha participado anteriormente en excavaciones de Menorca y Huesca y que todos los días hace un total de tres horas y media de trayecto hasta El Boalo. “Nunca he excavado medieval, sino Edad del Hierro, y me gusta bastante, ya que hay una iglesia, muros, cerámica, tumbas… tiene de todo”.

También positiva le ha resultado la experiencia a Olga Carreras, una vecina de El Boalo desde hace 20 años que “de pequeña jugaba aquí; se veía alguna losa y decían que había un yacimiento”. Licenciada en Historia por la Complutense y especializada en Prehistoria y Arqueología, durante sus estudios tuvo experiencias similares, algunas en el extranjero (antiguo Zaire), pero la falta de financiación la llevó por otros derroteros laborales. El año pasado ya participó en la iniciativa y ha vuelto a repetir. “Lo estoy disfrutando como una enana. Es un lujo estar excavando en mi pueblo; me he venido en bici. El yacimiento es interesante y el equipo que lo está liderando me gusta cómo lo trabajan. Es importante que haya voluntarios, difusión social, que la gente valore los yacimientos. Luego se abandonan y no se invierte dinero y este Ayuntamiento sí lo está haciendo”.

Una opinión similar mantiene Marisa Martín, una arqueóloga voluntaria de Colmenar Viejo. “La conservación de los yacimientos es fundamental. Lo que no se puede hacer es realizar estas campañas para intentar reconstruir un pasado y que no haya un mantenimiento y seguimiento posterior… La Dirección General de Patrimonio tiene que tomar conciencia”.

¿Cómo se trabaja en el yacimiento?

Primero se rebaja el terreno por niveles arqueológicos, recuperando los materiales que se quedaron allí para poder interpretar qué es lo que ha ido pasando en el yacimiento. En El Boalo han encontrado suelos de mortero de cal, estructuras, tumbas, muros..

“Intentamos que el impacto de la excavación sea el menor posible en el entorno. Acopiamos las piedras de tamaño mayor para que el día de mañana, cuando se vaya a musealizar y consolidar, se puedan aprovechar en la restauración de los muros o en alguna otra obra, mientras que el cascote –restos de tejas y piedras más pequeñas- se guarda en contenedores y el Ayuntamiento lo aprovecha en la majada del rebaño municipal para sanear zonas que se encharcan y las cabras se afilan las pezuñas. Cribamos el sedimento y la dejamos a un lado; se puede utilizar para jardines, caminos… Generamos residuo cero”, asegura Charo Gómez.