Domingo Gómez, mucho más que un cocinero

Domingo Gómez Fernández nació un 12 de mayo de 1937 en el pequeño caserío soriano de Cantalucía, situado a más de mil metros de altitud, en la comarca de Tierras del Burgo, al que se llega dejando la carretera que conduce al Cañón del Río Lobos si se gira en la histórica y pintoresca villa de Ucero, no muy lejos de El Burgo de Osma. Huérfano de padre desde muy niño, la dura posguerra castellana hizo que el hijo único de la señora Damiana no tardase en emprender viaje a Madrid para buscar una salida laboral con la que mantener a la unidad familiar, aunque fuese desde la distancia.

Ya en la capital, el joven Domingo empezó a subir los peldaños de la dura escalera de la cocina hostelera, el oficio que marcaría su vida, hasta pasar por varios de los restaurantes madrileños de más prestigio, como el Club 31 de la calle de Alcalá, abierto en 1959 por el empresario salmantino, Clodoaldo Cortés, para expandir el negocio de la cocina elitista que ya había iniciado en 1945 con el buque insignia de su emporio, el legendario Jockey, aquel por el que desfilaron celebridades como Frank Sinatra, Ava Gardner, el Sah de Persia, el presidente Richard Nixon o el escritor Gabriel García Márquez.

No fue el único lugar de enjundia donde trabajó Domingo, cuya prolífica etapa en la capital también hizo escala en dos establecimientos fundamentales para entender el por qué de cómo se labraron sus pasiones por el fútbol y los toros: el Hotel Reina Victoria, en la Plaza de Santa Ana, lugar donde entró en contacto con algunos de los mejores diestros de la época, como Luis Miguel Dominguín, Curro Romero o su admirado Santiago Martín Sánchez El Viti; y el restaurante de la piscina del Real Madrid, donde terminó de cultivar su pasión futbolística, muy próximo como estuvo a los grandes jugadores del Real Madrid hexacampeón de Europa. 

Domingo Gómez Fernández, a las puertas del mesón / Fotografía: Jaime Fresno

Otro restaurante, si acaso aún más importante en su vida, fue el de Los Tres Mosqueteros, en la calle Alonso Cano, donde Domingo conoció a Margarita, la que sería su mujer y compañera en el proyecto de emprender su propio negocio, al que terminó de dar forma en Collado Villalba. Escogió para ello uno de los locales de la manzana de los Cuesta, enfrentado a la plaza de la Estación, el que había albergado el Bar Toledo y, antes, el Noblejas, taberna de solera que databa de los tiempos en que la plaza era de tierra.

El alquiler al que se comprometió Domingo incluía tanto el espacio del bar, pared con pared con la Pescadería de Rubén, como la vivienda de la segunda planta, conocida en Collado Villalba por haber sido el hogar de la familia Crespo, cuya localidad toledana de origen dio nombre al establecimiento. Allí se criaron los cuatro hijos del matrimonio Crespo, Antonio, Felipe, Isidro y Pascual, con el tiempo erigidos en empresarios villalbinos de referencia. Y allí, en la casa de arriba, nacerían cinco de los seis hijos de Margarita y Domingo: Luis, Juanan, Mingui, Jesús Alberto –fallecido siendo muy niño- y Alfredo. El sexto de la saga, David, vendría al mundo en la cama de un hospital, ya con el Mesón en pleno apogeo, convertido en un lugar de renombre en la Estación junto a clásicos como el Bar del Norte –hoy el Barquín-, el Embajadores, La Ferroviaria -actualmente El Andaluz-, el Nueva EspañaLa Taurina, o el bar de la Maruchi.

Collado Villalba en las mesas del mesón

La historia del Mesón ha transcurrido ininterrumpida desde 1968 y siempre con Domingo al frente, algo que otorga una vitola especial tanto al establecimiento como a su dueño. Entre eso, la buena mesa, el trato cercano que el cocinero dispensaba a sus clientes, y el hecho de que sus hijos sean muy conocidos por sus respectivas profesiones y aficiones, se comprende que la noticia de su muerte causara un fuerte impacto en Collado Villalba, dentro del crudo contexto que se dio en la fase inicial de una pandemia que se cebó -y aún se ceba- especialmente con la hostelería, y no sólo en términos económicos, puesto que la muerte golpeó en no pocos establecimientos de la localidad.   

El fallecimiento de Domingo sobrevino el 19 de abril a causa de un ictus, cuando estaba cerca de cumplir los 83 años y llevaba varias semanas confinado, sin poder abrir el Mesón y casi sin poder trasegar por su cocina y salón, algo que no sucedía ni en las dos semanas escasas de vacaciones que solía tomarse. Eran los días más duros de la cuarentena, sin posibilidad de reuniones para comunicar noticias, sin esquelas, con listas de espera en los tanatorios… Las honras fúnebres quedaron restringidas al ámbito estrictamente familiar y Domingo, como muchas víctimas directas o indirectas de la pandemia, no pudo ser despedido por la legión de amigos y conocidos que formaron su amplio círculo social, tan variopinto, que se puede decir que las mesas del Mesón han venido siendo un reflejo bastante fidedigno de lo que era y es Collado Villalba, con sus gremios, su variedad social y su curiosa nómina de personajes, todo ello pivotando en torno a su cocina castellana -con los famosos champiñones de jugo alimonado, las mollejas y paletillas y piernas de cordero, el muestrario de platos de cuchara y el cocido madrileño que llenaba el salón una vez por semana-, y también alrededor de su figura cercana, afable y castiza, dotada de un ojo crítico que convertía su conversación en cautivadora, fuese de fútbol, de toros o sobre una Collado Villalba cuyas imágenes más representativas cuelgan de las paredes del Mesón, gracias a la plumilla del que fuera  uno de sus clientes más ilustres, el recordado dibujante, Julián Redondo. A la hora de hacer pueblo, Domingo iba mucho más allá del papel de cocinero.

Su muerte también fue un golpe para los más de cien mirmbros de la Peña Madridista La Estación, de la que era socio honorífico. También, para entidades deportivas como el Atlético Villalba, en cuyas filas jugó su hijo Juanan, o para el mundillo del ciclismo y del atletismo local, muy vinculado a la casa por su relación con sus hijos osteópatas, Alfredo y David. Y también para el cuerpo de la Policía Local, donde el primogénito, Luis, lleva muchos años ejerciendo como agente. 

Una institución

El repaso del impacto podría ser aún más amplio, pero cabe resumirlo en que la Estación, el barrio a partir del cual empezó a crecer Collado Villalba con la complicidad del tren, siempre contaba con su imagen icónica a la puerta del Mesón, bajo el toldo, a tiro de 50 metros de lo que fue la entrada de la antigua fábrica de MADE, a cuyos trabajadores abasteció de caldos y cafés en los duros meses de la huelga de los años ochenta. Muchos recuerdan estos días pasajes como ése, a la hora de referirse a uno de los hosteleros villalbinos que encontró la forma de trascender su papel para convertirse en institución.

Recogiendo ese sentir, en los días posteriores a la muerte, el grupo municipalista Más Collado Villalba decidió promover la moción para añadir el nombre de Domingo Gómez Fernández al de la Plaza de la Estación, una iniciativa que fue mayoritariamente aprobada la semana pasada, con el voto favorable de 22 de los 25 concejales del Pleno. En tiempos tan duros, de escasez de noticias positivas, y con la hostelería golpeada, el homenaje póstumo a Domingo ha sido un bálsamo contra el pesimismo general en un importante sector de Collado Villalba, y entre la clientela del Mesón que ahora saca adelante su hijo Mingui, Domingo Gómez Hernández. Pronto lo hará con nueva dirección.  

Jaime Fresno