Casa Juan celebra 50 años en Collado Villalba

Si “20 años no es nada”, como dice el tango, ¿Qué podríamos decir de 50 años? Pues les podría contar que 50 años se nos han pasado volando, casi sin darnos cuenta. Parece mentira, pero así es.

Todavía recuerdo vagamente el día qué llegamos a Villalba. Había llovido intensamente y las calles, que eran todas de tierra (aún no se habían asfaltado ni calles ni avenidas), estaban llenas de grandes charcos y muchos desniveles en el terreno, como era típico en aquella época. Les estoy hablando del 4 de abril de 1972. Veníamos de Sanlúcar de Barrameda, maravillosa ciudad, donde mis padres habían vivido seis años. Llegamos a Sanlúcar, cuando yo apenas tenía 3-4 meses, desde Sevilla, mi ciudad natal, para que mi padre trabajase en la Joyería Regina, propiedad de José Guerrero Roldán, persona que fue a contratar a mi padre, ya que tenía buenas referencias de él por representantes y compañeros de profesión, donde desarrollaba su oficio de relojero, en Sevilla. Y como ambos se entendieron bien y se pusieron de acuerdo, la familia Romero de la Osa Vázquez con el que les cuenta (José Antonio), se fueron para Sanlúcar a seguir creciendo. Y así, a los dos años, aproximadamente, nació mi hermana, Ana Mari, a la que todos ustedes conocen, ya que lleva casi toda la vida en Casa Juan, atendiéndoles con cariño.

Pero mi padre tenía ambición y la ilusión de independizarse para trabajar por cuenta propia y así pensó que, por sugerencia de mi tía Ana y de mi tío Marcial, que por entonces trabajaba en MADE (gran motor de la economía villalbina), podría ser factible la idea de montar un negocio aquí, en Villalba. Según nos cuenta mi padre (Juan), vino de avanzadilla para ver el terreno y comprobar las posibilidades que podría tener su futuro negocio. Y como le convenció, y tras hablar y sopesar la idea con mi madre (Paula), decidieron ambos iniciar la peripecia de cambiar su vida de Sanlúcar a Villalba.

Así que ahí nos tienen a los cuatro “aterrizando” en Villalba para iniciar la aventura más bonita que podían imaginar. Cuando Juan se dispuso a salir de Sanlúcar, se encomendó a Nuestro Padre Jesús Nazareno (Cristo al que le profesamos una gran devoción, pidiéndole “el favor de tener trabajo y salud”, y a cambio la promesa de volver a visitarle todos los años mientras la salud se lo permitiese, cosa que seguiremos haciendo mientras podamos. Y gracias a Dios, así fue). A través del esfuerzo de mis padres, montaron un pequeño local en la calle Real, 19, que en aquella época era la avenida del Generalísimo, 15. El local se encontraba en el primer piso de uno de los edificios más antiguos y entrañables de nuestro pueblo, una casa de piedra característica de hace un par de siglos. Había que subir una escalerita estrecha de peldaños de madera (como nos recuerdan con simpatía muchos de los primeros clientes que tuvo mi padre). Y ahí empezó CASA JUAN, con mucho sacrificio por parte de mis padres para poder sacar adelante su negocio y a su familia.

En los primeros años, Juan trabajaba prácticamente 20 horas al día y, además, sacaba tiempo para llevar a sus hijos al colegio (Carrero Blanco, hoy en día Miguel Delibes), y todo ello con buen humor. Poco a poco la relojería fue siendo conocida por el “boca a boca” y cada vez la clientela iba siendo más numerosa y se hacían habituales cuando necesitaban alguna reparación o querían comprar algún reloj o alguna joyita. A medida que le era posible, Juan iba adquiriendo relojes nuevos para la venta e iba aconsejando a sus clientes: cuáles llevaban las mejores máquinas, las últimas tecnologías y cuál era más apropiado para el trabajo, según cada cliente. Y de este modo, la confianza se fue haciendo mutua.

Ya pasados unos cuantos años surgió la posibilidad de trasladar el negocio al local contiguo, pero en puerta de calle, en el mismo edificio, algo que se efectuó sobre 1984/85, cuando el que les escribe se encontraba haciendo “la mili” en la base aérea de La Parra, en Jerez de la Frontera. Por aquel entonces, también se incorporaron a la plantilla Eva y Antonio José, nuestros primos, que desde entonces están presentes en CASA JUAN ejerciendo una gran labor para la empresa.

Y así, paso a paso, con más o menos dificultades por las circunstancias, hemos visto pasar los años y las generaciones de nuestros clientes. NUESTROS CLIENTES, que son la razón por la que en estos momentos yo escribo estas líneas, porque sin todos ellos, CASA JUAN no existiría. A todos y cada uno tenemos que agradecerles su fidelidad, su cariño y el haber podido llegar hasta aquí y cumplir nuestras Bodas de Oro. Nuestros clientes, la mayoría ya amigos, muchos de los cuales por desgracia ya no están con nosotros, pero eso sí, siempre estarán en nuestro recuerdo y en nuestros corazones. Y a ellos y a los que siguen aquí, sólo podemos decirles GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS por hacer posible que CASA JUAN siga en la brecha, y ser reconocidos como “una tienda de toda la vida “, entrañable, familiar y a su disposición en lo que necesiten. De nuevo, muchas gracias a todos por su confianza y su cariño a CASA JUAN.

José Antonio Romero de la Osa Vázquez (José, para los clientes)

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