Cartas de los lectores.- “Me parece mal” (sobre la prohibición del paso a la finca La Ladera y Los Picazos, en la Sierra de Hoyo)

A los amantes del senderismo y la montaña nos llega una mala noticia: los titulares de la finca privada La Ladera/Los Picazos, que ocupa la casi totalidad de la cara sur y oeste de la Sierra de Hoyo de Manzanares, han decidido impedir de plano la entrada de excursionistas en su propiedad aduciendo que lesiona el medio ambiente de manera grave. La legalidad los ampara, es cierto, ¿pero han tenido en cuenta que con esa estricta medida acaban sin más miramientos con la costumbre de veteranos senderistas -costumbre que en mi recuerdo se acerca a 70 años- de seguir la vereda que a través de esta descomunal propiedad privada permite alcanzar “La Mira”, el punto más alto de esta primera estribación de la cadena montañosa del Guadarrama?

Creo sinceramente que el uso recreativo y responsable que desde décadas han hecho los vecinos del pueblo de la senda que lleva hasta el paraje de El Estepar, no merece semejante negativa, pero el caso es que la prohibición está aquí, es un hecho. Yo me he enterado hace no muchos días cuando caminaba por el tramo en que la ruta circular discurre paralelo a la finca. A unos pocos pasos del hueco de la alambrada que permitía tomar la senda vi un imponente cartel, imponente no por sus dimensiones, sino por la aparatosidad de su contenido, en el que aparece la prohibición en letra y símbolo rodeada por los logotipos de más de media docena de sociedades protectoras del medio ambiente y la respectiva consejería de la Comunidad de Madrid: FINCA PARTICULAR, PROHIBIDO EL PASO. Y se añade el recordatorio del artículo 52 de la Ley 42/2007 del Patrimonio Natural y Biodiversidad: “Queda prohibido molestar o inquietar a los animales silvestres, sea cual fuere el método empleado o la fase de ciclo biológico.” INFRACCIÓN, 500 a 5000 euros.

La conminatoria disposición me ha producido desazón y tristeza. Y he hecho memoria: he seguido muchas veces la ahora prohibida vereda, la última pidiendo permiso a los dueños porque empezaban los reparos anunciadores de la prohibición de usarla, y no recuerdo haber hecho nunca otra cosa que respetar escrupulosamente el entorno, admirar su esplendorosa flora, y, si se daba el caso, disfrutar, y nada más que disfrutar, de la estampa de cualquier animal que la buena suerte ponía al alcance de mi vista. Afirmo esto de mí y de quienes en ocasiones me acompañaron. Parece que últimamente ha habido afluencia excesiva de sobrevenidos visitantes, y, alegando esa razón, los dueños, con el aval de diversas asociaciones de protección ambiental y de la propia Comunidad de Madrid, han decidido vetar sin distingos la entrada al predio.

Estoy de acuerdo con que se tomen medidas para cortar los abusos, considero razonable castigar con sanciones ejemplares cualquier tropelía que suponga maltrato de tan extraordinario entorno ambiental, pero no me parece bien aplicar el mismo rasero a justos y a pecadores. Y quiero decirlo. Y ahora, pregunto: ¿Este rigor prohibitivo alcanza también a quienes organizan en esa finca, con excelentes resultados económicos, imagino, sangrientas cacerías a ojeo de jabalíes, batiendo los ojeadores metro a metro la sierra, a gritos y ayudados por feroces ladridos de unas cuantas jaurías de perros adiestrados?; porque no me negarán que esto sí supone machacar la flora y es mucho más que molestar o inquietar a los animales montaraces: es, sin más, liquidar a tiros a buena parte de ellos.

Los beneficiarios económicos de las cacerías y los que pagan por disfrutar esa práctica cinegética defenderán el cruel y expeditivo método como muy eficaz para controlar el exceso de población faunística; pero otros, yo entre ellos, podemos argumentar que también se conseguiría mantener la proporción adecuada capturando a los animales de manera incruenta y decidir después qué hacer con ellos. Pero a esta alternativa, me atrevo a asegurar, no le encontrarán sentido y les parecerá hasta risible. ¡Qué le vamos a hacer!

En resumidas cuentas, es de suponer que la prohibición se mantenga, porque se le hará poco o ningún caso a la frustración que supone para los viejos senderistas tener que renunciar a la acostumbrada vereda: mi lamento, desafortunadamente, no tendrá eco favorable entre quienes pueden cambiar las cosas; habremos de conformarnos con el inútil recurso al pataleo. Y en lo que a mí respecta, asumo a disgusto que se me acabó volver a contemplar desde “La Mira” el magnífico panorama del valle de Cerceda y los pueblos que lo salpican, porque a mis 75 años me resulta tarea difícil seguir la ruta -bastante más larga y, a mi entender, más dificultosa- que conduce a El Estepar rodeando La Ladera/Los Picazos: la inmensa finca particular, la descomunal finca particular que ocupa casi toda la vertiente sur y oeste de la sierra de Hoyo de Manzanares.

José Hernández (Hoyo de Manzanares)