Últimos días para ver la exposición de El Bosco en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial

Después de 53 días de agonía, Felipe II murió en el Monasterio el 13 de septiembre de 1598. En sus aposentos había hecho colgar varias obras...

Después de 53 días de agonía, Felipe II murió en el Monasterio el 13 de septiembre de 1598. En sus aposentos había hecho colgar varias obras de El Bosco, entre ellas ‘El Jardín de las Delicias’, conocida durante años como la ‘Variedad del Mundo’ y que el Padre Sigüenza llamaba ‘El Madroño’, ya que en el cuadro aparece la fruta de este árbol, de la que el monje jerónimo decía que, “como los placeres de la vida, pasa su dulzor nada más probarla”.

En la presentación de la breve -brevísima- exposición que se puede visitar en los salones de honor hasta el 1 de noviembre, el director de las Colecciones Reales de Patrimonio, José Luis Díez, señaló que estábamos ante “el pórtico de la conmemoración de El Bosco”. “El Monasterio debía tener un protagonismo especial, no podía ser de otra manera”, aseguró, añadiendo que “no se puede entender la fascinante obra” del pintor holandés “sin visitar este Monasterio para el que fueron adquiridas por Felipe II”. No le faltaba razón, sin duda, pero lo verdaderamente fascinante hubiese sido disfrutar en el conjunto monumental escurialense de una muestra de mayor relevancia y no de un mínimo apéndice (“experiencia añadida a la gran exposición del Prado”, fue lo que realmente dijo) que poco aporta a lo que ya conocíamos.

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Ya advertíamos en la información publicada el pasado 18 de marzo que únicamente había tres cuadros de El Bosco y su taller. Los tres, por cierto, ya se encontraban en el Monasterio, por lo que la única novedad pasa por contemplar la restaurada versión escurialense de ‘El carro de heno’. La herida se hacía aún mayor al constatar que el ‘Cristo camino del Calvario’ (la única de las tres obras que fue directamente ejecutada por el pintor de Bolduque) saldrá en unas semanas rumbo al Prado, siendo relevada por dos piezas relacionadas con la serie de ‘Las tentaciones de San Antonio’.

Por si quedaban dudas, el actual presidente de Patrimonio, Alfredo Pérez de Armiñán, las despejó bien rápido: “El contexto artístico más adecuado para ver las obras de El Bosco es el Museo del Prado. Estuvieron en el Monasterio cuatro siglos, hasta que en 1936 se trasladaron al Prado para protegerlas de la Guerra Civil, y allí se quedaron porque están las principales colecciones de pintura flamenca”.

En un debate estéril podríamos discutir acerca de espacios expositivos, museos y contextos, pero a buen seguro sería una confrontación que no conduciría a nada. Las estrechas relaciones existentes en estos momentos entre el Prado y Patrimonio (era verdad que tras la tempestad vendría la calma) alejan toda posibilidad de que las grandes obras maestras que se encuentran en depósito en el museo madrileño regresen a su emplazamiento original (y de Patinir, Van der Weyden o Tintoretto, ni hablamos).

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Lo que se ha perdido ahora es la gran oportunidad de que el título de esta muestra tuviese sentido, al menos durante unos meses. “El Bosco en El Escorial”: qué bien suena y qué poco tiene que ver con lo que al final se ha hecho. El ejemplo reciente de la celebración del “Año Greco” bien podría haber servido de guía en este caso. Los actos se presentaron en el Prado, en donde desde mediados de 2014 se pudo disfrutar de una muestra que reflejaba la influencia del pintor cretense sobre artistas como Picasso, Cézanne o Modigliani. Pero fue en Toledo donde se concentraron las citas más importantes, con una respuesta que desbordó las expectativas más optimistas: un millón y medio de visitas. “El Griego de Toledo” (con 76 piezas en el Museo de Santa Cruz y otras muchas en distintos espacios de la ciudad) se convirtió en fenómeno social y supuso un auténtico revulsivo para la capital castellanomanchega; “El Bosco en El Escorial”, con sus escasas 11 piezas (únicamente tres cuadros), pasará sin pena ni gloria.

Evidentemente, es difícil establecer una comparación en términos reales, puesto que las circunstancias no son las mismas, pero no resulta descabellado pensar que el “Año Bosco” se podría haber celebrado de forma simultánea en el Prado y en el Monasterio, un continente único en Europa que desgraciadamente cada vez pierde más contenido. No se trata de que hubiésemos tenido aquí la totalidad de la exposición, pero sí una parte más representativa, con especial atención a las obras que llegaron por expreso deseo de Felipe II, como el tríptico de la “Epifania” o esa “Mesa de los pecados capitales” (atribuida ahora por expertos holandeses al taller del Bosco y no al propio pintor) coronada en el centro con la frase “Cave, cave, Deus videt” (“Cuidado, cuidado, que Dios te ve”), especialmente relevante en la época del rey prudente y la contrarreforma.

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A falta de un regreso que a día de hoy es ciencia ficción, contar en San Lorenzo con una exposición temporal de mayor magnitud (no por capricho, sino por pura lógica histórica) hubiese supuesto un incremento notable del número de visitantes (ya se pudo comprobar hace un par de años en “Arte y Maravilla en El Escorial”, a pesar de que llegó disminuida), sin que esto afectase de forma importante al Prado, beneficiando con ello al conjunto de la población. Entonces sí que hubiesen sido experiencias añadidas y complementarias, más aún teniendo en cuenta que San Lorenzo está a escasos 50 kilómetros de Madrid. Si miles de personas (decenas, centenares de miles) se desplazaron a Toledo para ver la obra del Greco, ¿por qué no habrían de visitar el Monasterio para ver algunos cuadros del pintor holandés en el lugar para el que fueron adquiridos?

La organización de una exposición con doble sede en Madrid y San Lorenzo de El Escorial requeriría desde luego un esfuerzo importante, pero sobre todo ambición, interés y audacia para situar las cosas en su contexto histórico, artístico y religioso. El Padre Sigüenza lo dejó escrito en uno de sus libros: “Entre las pinturas de estos alemanes y flamencos, que como digo son muchas, están repartidas por la casa muchas de un Jerónimo Bosco, del que quiero hablar un poco más largo por algunas razones: porque lo merece su grande ingenio, porque comúnmente las llaman disparates gente que repara poco en lo que mira y porque pienso que, sin razón, le tienen infamado de hereje. Tengo tanto concepto de la piedad y celo del Rey nuestro fundador, que si supiera era esto así, no admitiera las pinturas dentro de su casa, de sus claustros, de su aposento, de los capítulos y de la sacristía”. Lástima que estas palabras no hayan tenido eco cuatro siglos después.

Enrique Peñas