La Granjilla abre las puertas a los vecinos de El Escorial en una visita guiada a cargo del historiador Gregorio Sánchez Meco

De la mano del historiador local y autor de varios libros sobre El Escorial, Gregorio Sánchez Meco, un grupo de vecinos tuvieron este lunes el privilegio de visitar la finca de La Granjilla, uno de los espacios escurialenses con más encanto del municipio, aunque poco conocido para la gran mayoría. El mismo Felipe II lo debió de concebir “una suerte de paraíso terrenal”. Para ello dotó a la Fresneda de bellos jardines, con especies traídas de diferentes partes el mundo, cinco estanques, huerta y una serie de innovaciones arquitectónicas y comodidades inusuales para la época. El más peculiar de los estanques, el de la Isla, contaba con un embarcadero para poder ir al islote central, donde había un laberinto vegetal y un templete. El Rey, su familia y capellanes disfrutaban aquí de un paisaje idílico, con música, manjares y vino que procedía de la misma Fresneda. Era la casa de recreo de Felipe II y por ello no escatimó en detalles.

 

Según Sánchez Meco, una posible explicación a la elección del entorno de La Herrería como lugar para levantar el Monasterio, fue la relación amorosa que Felipe II mantuvo con Isabel Osorio de Cáceres, hija de uno de los propietarios de la Fresneda. Esta circunstancia justifica el gran conocimiento que el Rey tenía del entorno escurialense y sus bondades.

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Este parque de La Fresneda, como se denominaba en la época a La Granjilla, era uno de los lugares de descanso de los monjes Jerónimos.  A modo de unas vacaciones, dos veces al año -en primavera y en otoño- venían los monjes a descansar de los cantos y rezos en el Monasterio, lo que en la época se conocía como “ir de granjería”, de ahí el nombre actual de Granjilla.

Los participantes pudieron recorrer y disfrutar además de las diferentes estancias de Casa de los Frailes, la Casa del Rey -ésta solo por fuera- ola capilla, antigua parroquia del poblado, dedicada a San Juan Bautista. Según Sánchez Meco, contaba con un retablo de gran belleza sobre la vida del santo, hoy en manos privadas.

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Del conjunto monacal, Alejandro, encargado de la finca y gran conocedor de La Granjilla, hizo referencia a curiosidades como el moderno sistema de iluminación a través de lucernas practicadas en el techo, o la cúpula plana, quizá ensayando la que después se hizo en el Monasterio.

Además, destacaron la belleza de la traza de la escalera de acceso, la orla circular sobre la puerta con el símbolo de la parrilla invertido -algo totalmente inusual-, el claustro rodeado de sobrias columnas toscanas o el complejo sistema de canalización y decantación del agua del río para los diferentes usos. Entre el claustro y la casa del Rey se encontraba uno de los espacios preferidos de Felipe II, un jardín que él mismo cuidaba. Multitud de jarrones y tiestos llenos de plantas lo decoraban, según la descripción del Padre Sigüenza, además de “una graciosa fuente que repartía el agua por cuatro canales cuadrados de piedra que dividen en cruz todo aquel terrapleno”, siendo todo ello “cosa muy alegre a la vista”.

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El historiador quiso salir al paso de la idea generalizada sobre Felipe II como un monarca encerrado en el Monasterio y poco dado a placeres, ya que La Granjilla fue diseñada por él para el disfrute y deleite de los sentidos, frente al Monasterio, que era el lugar de culto y oración. Sirvan una vez más las palabras del Padre Sigüenza para imaginar lo que debió de ser la heredad de La Fresneda durante el reinado de Felipe II: “Todo árboles y frescura: unos son frutales. haciendo calles muy anchas, a lo menos olmos, sauces, moreras, perales y fresnos. Las lindes y divisiones… donde se enredan rosales, ligustros, jazmines y otros arbustos olorosos y de apacible vista, haciendo antepechos y paredes verdes de mil matices de colores”.

Una visita que no estaría de más se pudiese repetir periódicamente para que tanto vecinos como visitantes pudiesen comprender mejor tanto la historia escurialense, como la figura de un rey, Felipe II, tan controvertida como apasionante.

María Teresa Rubio