Teresa Berganza: “Es una pena haberse gastado tanto dinero en el Auditorio de San Lorenzo para que esté así”

Teresa Berganza vive desde hace 20 años en la Casa de la Reina, justo en frente de la fachada principal del Monasterio, que contempla cada día desde el mismo salón donde nos recibe, entre cuadros, grabados (entre ellos varios pertenecientes a la serie de “La Tauromaquia” de Francisco de Goya), espejos, libros, un piano y centenares de discos propios y ajenos. Los innumerables premios que ha recibido a lo largo de su exitosa trayectoria, desde que debutara en 1957 en Aix-en-Provence, se encuentran en un armario, sin necesidad de mayor exhibición. Reconocimientos a los que hay que sumar ahora la decisión de la Comunidad de Madrid, tras la petición realizada desde el Ayuntamiento, de bautizar con su nombre el Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial. Divertida y también sin pelos en la lengua, la mezzosoprano madrileña, que en marzo cumplió 85 años, habla de su vida más allá de los escenarios, de su pasión por El Escorial y también de ópera.

¿Cómo ha recibido la noticia de que el Teatro Auditorio llevará su nombre?
Lo agradezco, claro, pero también pienso en las condiciones en que está, que no hacen casi nada y no se llena. Las letras que puedan poner con mi nombre se acabarán cayendo con el Auditorio, como todas las cosas nuevas: primero la “T”, luego la “E”… y así. Iba a decir que no, pero quiero mucho a este pueblo. Me vine a vivir aquí porque quise.

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Teresa Berganza, en el salón de su vivienda en la Casa de la Reina, situada frente a la fachada principal del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial / Fotografía: Rafa Herrero

Sí tuvo una buena programación los primeros años, pero con el tiempo ha ido perdiendo interés…
Es que es una pena haberse gastado tantos millones en un Auditorio como éste, que además está muy bien de acústica y en todos los sentidos, para que esté así, cuando tenía que estar lleno todo el año.

Cuando se empezó a hablar del proyecto se decía aquello de que San Lorenzo de El Escorial podría ser el Salzburgo español…
Eso fue una tontería. ¿Cómo se va a hacer de repente un Salzburgo en El Escorial, cuando ni el público ni la gente en general está preparada para algo así? No digo aquí, sino en toda España. Hace falta más cultura y también mayor conocimiento de los artistas que se traen. Y que se anuncie más en el pueblo. A mí ni me invitaron a la inauguración.

¿Cuánto tiempo lleva viviendo en San Lorenzo?
38 años. Y nadie me ha obligado a estar aquí, estoy porque quiero. Podría estar viviendo en Suiza perfectamente, que en su momento me ofrecieron todo; o en París, que me encanta, aunque tampoco Francia está en su mejor momento, e Italia no digamos… He estado toda mi vida fuera de España, pero cuando me he recogido he querido estar en San Lorenzo de El Escorial.

¿Cómo lo conoció? ¿Cuáles son sus primeros recuerdos aquí?
Veníamos con mi padre, al que le encantaba el arte. Visitábamos el Monasterio y luego nos íbamos a La Herrería a comer, con una manta en el suelo. Era maravilloso. Tengo recuerdos de correr por el bosque cuando tenía 9 años. Y yo le preguntaba a mi padre: ¿Papá, por qué nosotros no nos venimos a vivir aquí? Aquella época era la de los veraneantes muy pudientes, y él me decía que eso era para la gente rica y que nosotros éramos trabajadores. Me ha gustado siempre. Y es verdad que si hay un lugar para que fuera el Salzburgo español, ése es San Lorenzo de El Escorial. Por lo que es, por lo que representa. Hoteles había, aunque han ido desapareciendo. Éste era el lugar ideal para hacer un gran Festival de Verano. Ahora porque estaba viniendo la Orquesta y Coro de RTVE, pero dentro de poco eso se acaba, porque ya han arreglado el Monumental. Así que si se caen las paredes del Auditorio, se caerá con él mi nombre.

También ofreció un recital en la inauguración del Real Coliseo Carlos III tras su remodelación…
Sí, estaba entonces en una casa situada justo encima del teatro. Para mí era maravilloso estar viviendo allí, a unos metros de un teatro tan bonito como el Carlos III. Luego nos fuimos a una vivienda en Xabier Cabello Lapiedra, en un edificio que hizo también Pedro Martín. Tenía unas vistas increíbles del Monasterio. El taxista que tenía entonces me decía que podíamos traer a los turistas y cobrarles para que hicieran una foto. Luego ya nos hicimos una casa en La Pizarra; después me separé, y allí no me quedaba sola ni loca. Hasta que esta casa se quedó libre hace 20 años. La verdad es que esto es maravilloso. En cada momento del día, el Monasterio tiene un color, con las puestas de sol se pone la piedra rosa, con la niebla es fantasmagórico. Y desde aquí estoy en el pueblo en un momento. Si quiero pasear por el Jardín de los Frailes o por la Lonja no tengo más que bajar.

¿Sigue con esa idea que ha comentado alguna vez de que le gustaría que sus cenizas acabaran en el Jardín de los Frailes?
Eso se lo pedí al prior que estaba antes. Me llevó a dar una vuelta para que escogiera el sitio donde quería que echasen mis cenizas, al lado de un árbol; ya lo teníamos mirado. Ahora no sé lo que harán conmigo.

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¿Continúa yendo a la ópera?
Sí, de vez en cuando. Aunque voy menos desde que tenemos todos estos directores de escena que hacen estas barbaridades, que son tan vulgares. Hay una vulgaridad enorme. Luego me enfado y salgo diciendo que esto es una mierda, y como me conocen, creo que es mejor que me quede en casa y me pongo aquí un disco. No entiendo la razón de cambiarlo todo: la época, el texto, el decorado… ¿Por qué? Si son obras de arte. Es como si vienen aquí, cogen un Tintoretto y lo pintan encima para hacerlo más moderno. Con la ópera están haciendo lo que quieren. Ahora se habla más del director de escena, los cantantes no interesan. Yo he vivido una época en la que la ópera era sagrada. Ahora no.

¿Tiene la espina clavada de no haber actuado en el Teatro Real?
He actuado mucho cuando era teatro de conciertos, que era una preciosidad, pero ópera no. Ya no me ha dado tiempo, y si me ha dado, tampoco me hacía mucha gracia. He cantado poco en España porque cuando sales de aquí con 21 años y vas a la ópera de París y te dan 20 ó 30 días de ensayos con gente de una categoría enorme, ves que aquello tiene un nivel muy importante. Cuando tocas ese nivel es difícil bajar. Ahora parece que se están haciendo mejor las cosas, aunque procuro no enterarme demasiado para no sufrir.

¿Carmen, de la ópera de Bizet, es el personaje con el que más se ha identificado?
No, me he identificado con todos mis personajes. No he cantado nada que no me gustase. Hay óperas con las que no me encontraba bien, o me cansaba la voz, y lo dejaba. Pero es verdad que “Carmen” fue muy importante; estaban también Plácido Domingo y Claudio Abbado como director de orquesta. Quisimos romper con esas “Cármenes” que eran prostitutas, porque no lo era para nada. Si lo hubiese sido, no estaría trabajando en una fábrica de tabacos, levantándose a las ocho. Prosper Mérimée no la hizo prostituta, sino trabajadora. Una mujer libre. Una gitana libre que hacía lo que le daba la gana. Decía en la novela que tenía los ojos negros como un cuervo y que con la mirada ya no necesitaba más. Ahora en cambio parece que no existe más que el sexo. Encuentro que estos directores de escena son gente frustrada, y como les dan carta blanca sacan toda la porquería que llevan dentro. Pero la culpa es de quien lo consiente y les paga, y también de los artistas que aceptan. Entiendo que los jóvenes no tienen más remedio, pero los que tienen un nombre sí pueden elegir. Yo lo hice en la Scala de Milán con un “Cosi Fan Tutte” que me parecía un disparate, y al segundo ensayo me marché. Ahora, con tal de no perder el sueldo, cualquier cosa.

¿Cómo es su trabajo de formación con los jóvenes?
Me encanta trabajar con la gente joven, enseñarles y estar con ellos. Tienen que saber que se empieza desde abajo. Mis primeras actuaciones fueron en los colegios mayores o en sitios como el Casino de Cáceres… y si me daban 100, como si eran 10. Tenía 19 años y cantaba. Y con 20, un poquito más, hasta que llegó el día en que fui a Paris y empecé mi gran carrera. Hay chicos en cambio que ya están pensando directamente en la Scala, y eso no pasa por las buenas.

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Y ahora, ¿cuál es el balance de todo lo vivido?
He tenido una vida muy bonita, me ha gustado mucho cantar y sé que he hecho felices a muchísimas personas. Me han tratado muy bien y me han querido mucho. En los viajes tenía que dejar a mis hijos a veces, pero lo he tratado de equilibrar. Y cuando ahora veo que están bien educados, que son trabajadores, que no se quejan… bueno, pues creo que no lo he hecho mal para haber sido una artista que ha estado de un lado para otro. No ha estado mal, no.

“Nunca he dicho eso de que yo tengo que morir en el escenario”

Hace 10 años que Teresa Berganza decidió retirarse de los escenarios, después de tener que suspender un recital en Santander. “Y fíjate que no lo he echado de menos”, asegura. . “Sabía que algún día tendría que dejar de cantar. Había hecho mis ejercicios y estaba muy bien de voz, pero ese día operaban a mi nieta de una apendicitis y yo estaba muy preocupada, así que le dije a mi hija Teresa que lo iba a suspender, pero me pidió que no lo hiciera, que no era nada. Justo antes de salir a escena, hablé con ella y me dijo que no me preocupase, pero que iban a tardar un poco más con la operación. Lo que pasó fue que salí, empecé a cantar y me quedé sin voz, así que tuve que suspender el concierto. Los cantantes somos de carne y hueso. Supe que era el momento de cortar. Y tengo que decir que no lo he llevado nada mal. Nunca he dicho eso de que yo tengo que morir en el escenario”, explicaba.

A lo largo de 58 años de carrera, Teresa Berganza ya había recorrido el mundo entero, actuando en los mejores teatros hasta convertirse en uno de los grandes nombres de la ópera. “Empecé luego con mis clases magistrales, para seguir en la música, pero ya sin la misma responsabilidad, porque el nombre también pesa. Me he quitado muchas angustias de encima y mucho cansancio, porque es agotador el viaje en avión a sitios como Japón, China o Australia, sobre todo a una cierta edad”. Reconoce, eso sí, que es inevitable pensar en aquellos años de gloria, volando a Nueva York, Los Ángeles, Tokyo, Sidney y un largo etcétera. “Claro que lo recuerdo, pero una también tiene derecho a descansar. Aquí no me aburro: doy cuatro vueltas, paseo por la Lonja, luego subo al pueblo, donde siempre te encuentras a alguien. También es verdad que la soledad es dura, aunque yo a los maridos [ha tenido dos] no los echo de menos, para nada, pero sí hay días que te gustaría tener a los hijos, a los nietos…”.

Poco amiga de los reconocimientos (más aún si se forman parte de una montonera de premiados sin criterio), de su educación de niña dice que le ha quedado muy dentro aquello de renunciar a las “pompas y vanidades”: “Si es que vamos a terminar todos igual. No es como en Egipto, que metían a los reyes con todas sus joyas. Se acabó y se acabó. Hay que disfrutar el momento, pero nada más”.

Enrique Peñas / Teresa Rubio