Julián Redondo, adiós al dibujante que retrató Collado Villalba durante medio siglo

La muerte de Julián Redondo a los 64 años sigue marcando a fuego la actualidad social y cultural de su Collado Villalba natal, donde ya se cuentan por centenares los vecinos y amigos que se han desplazado a Madrid para recordar al genial dibujante, pintor, ilustrador y rotulista a través de la muestra que cuelga en el Ateneo, bajo el título “Legado para los Vecinos de Collado Villalba”. Muchos de ellos ya acudieron al homenaje en la Casa de la Cultura que fue organizado dos días después del fatal desenlace, acaecido el domingo 5 de agosto en el Hospital Clínico de Madrid como consecuencia del tumor pulmonar que le fue detectado a finales de la primavera.

Fue el final físico de un artista al que, impronta humana al margen, convierte en imperecedero más de medio siglo de dibujos que, sobre todo, retrataron a plumilla de forma magistral Collado Villalba, sus enclaves y edificios, sus costumbres y sus personajes. Decenas de familias villalbinas y de la Sierra conservan en sus casas dibujos que ni él mismo pudo numerar. Cuando concedió su primera entrevista a un medio de comunicación serrano, en febrero de 2007, ya admitía la imposibilidad de hacerlo: “Para eso soy un desastre. Hay gente que me enseña dibujos de hace 20 años que no recuerdo”. Al dedicar gran parte de su arte al encargo, su obra está metida en el alma misma del pueblo, colgando en casas particulares, en sedes de asociaciones y peñas, en forma de rótulos para la hostelería y de logotipos como el de Apascovi; en ilustraciones de libros, grabados, reproducción de miniados, vinilos, carteles y hasta en forma de bajorrelieves en una capilla de Alcalá de Henares.

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Julián Redondo, hace dos años en la Casa de Cultura de Collado Villalba / Fotografías: R. Herrero

Una ingente producción que también trasladó a la prensa local con las recordadas misceláneas publicadas en el periódico La Voz,  en las que ilustraba las historias sobre enclaves y personajes serranos que, después de un meticuloso trabajo de documentación, relataba la escultora y filóloga villalbina, Gloria Díaz Llorente, quien además, en su condición de amiga, en ocasiones le suministraba sus materiales de trabajo predilectos: Redondo, por norma general, siempre utilizaba plumas de la marca Joseph Gillott, referente en el mercado desde el siglo XIX; y siempre escogía la tinta Pelikan para dibujar sobre unas láminas preferentemente de papel caballo del 109 satinado, de 250 gramos.

La conexión con Sanguino

 Julián Redondo decía que su afición por el dibujo había nacido para entretenerse “en las tardes de invierno, porque no había televisión”, y que nadie le empujó a ello en casa, porque “no hay antecedentes familiares”. La admiración por las ilustraciones de El Quijote de Gustave Doré terminó de activar un talento innato que fue desarrollando de forma autodidacta desde los 12 años. Tras obtener sus primeros reconocimientos antes de cumplir los 20, con el Primer y Segundo Premio respectivamente en las ediciones de 1973 y 1974 del Villa de El Escorial, su vida artística afrontó una encrucijada, cuando el afamado escultor Luis Antonio Sanguino, viendo la gran calidad de sus dibujos, recomendó al dibujante villalbino pulir su técnica en la Escuela de las Bellas Artes de San Fernando, en Madrid.

El episodio merece un punto y aparte, no sólo por la dimensión artística del padrino, autor, entre otras muchas tallas, del grupo de ocho esculturas de Las Fuerzas Armadas del interior de la Basílica del Valle de los Caídos, realizado tras ganar el concurso nacional de selección con sólo 18 años, y cuya obra ha estado expuesta en galerías como la Hammer de Nueva York, sino por el giro que pudo suponer ese contacto para la carrera de un Julián Redondo, metido en la disyuntiva de elegir entre dirigir sus pasos hacia lo académico, sometiéndose a la influencia de profesores, o seguir abriendo brecha en la evolución de su técnica por su cuenta, al abrigo de su piso-estudio de la villalbina calle de Andalucía.

La conexión con Sanguino se produjo por mediación de un amigo de Julián Redondo, el también villalbino José María Díaz Léndez, quien a partir de 1967, año en el que el escultor barcelonés adquirió una finca en Mataelpino para alternar su trabajo entre España y su residencia de Nueva York, realizó encargos en madera para él. “A Sanguino le hice su estudio de Mataelpino. Recuerdo que, como tuvimos que hacer unas puertas muy grandes, me las hizo Zarco, un carpintero maravilloso amigo mío que era de El Escorial. Y todos los años le hacía los cajones para llevar las esculturas. Luego, los cajones vacíos se los llevaba Torano, o el padre de Chaparro (Segundo, padre del exalcalde Carlos Julio López) en la furgoneta que tenía. Todavía tengo una factura que me mandó su mujer de recuerdo”, rememora. Fruto de esa relación, Díaz Léndez propició la entrevista de Redondo con el escultor en la finca de Mataelpino. “Julián se presentó conmigo con una carpeta, de esas con lacito, llena de dibujos. Le dije a Sanguino: aquí te vengo con un amigo, a ver qué te parece lo que hace. Cuando lo vio, le preguntó a Redondo: ¿Pero a ti quién te ha enseñado a dibujar así, dónde estudias? Y Redondo dijo algo así como: Nadie. Esto lo hago yo. Sanguino entonces se fue al teléfono y llamó a su amigo, el director de Bellas Artes, y le explicó que tenía que ver unos dibujos”.

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Mural con la imagen de Julián Redondo en la terraza del bar La Cueva, en Collado Villalba, obra de Luis Herrero / R. Herrero

En este punto, conviene precisar que, muy probablemente, aquel contacto de Sanguino era Fernando Cruz Solís, el prestigioso escultor fallecido en 2003 en su casa de Manzanares El Real, donde tiene una calle dedicada, y que por aquel entonces era catedrático en la Escuela de las Bellas Artes de San Fernando. Es lo que apuntó en conversación telefónica con este periódico Luis Sanguino, el hijo del artista. Hecho el inciso, el relato de Díaz Léndez prosigue en la casa del catedrático: “Nos fuimos a verle al hotel que tenía por la Peña del Gato –Manzanares El Real-, con el coche americano que tenía Sanguino, y cuando este hombre vio los dibujos también le dijo: “¿Pero quién te ha enseñado a hacer esto? Y enseguida le dijo que tenía que ir a la Escuela de Bellas Artes. Tanto a este hombre como a Sanguino les maravilló ver los dibujos de Redondo. Les sorprendió mucho que no hubiera ido a ningún sitio a aprender, que lo hacía eso porque le salía así”.

Una renuncia fiel a su filosofía de vida

El paso de Julián Redondo por las escuelas de Madrid fue efímero, cuestión de pocas semanas, según las fuentes consultadas. Suspendió el examen de acceso en las Bellas Artes de San Fernando y no pasó de una breve temporada en el Círculo de Bellas Artes. Su pareja de entonces, y amiga hasta su muerte, María José Abad, no recuerda los motivos de su abandono académico: “No lo sé con exactitud. Era muy peculiar, pero creo que siendo tan joven no quiso que nadie le influyera”. La explicación la comparte Díaz Léndez: “Creo que él no estaba acostumbrado a que nadie le enseñase”. De haber sido las cosas de otra forma, el Julián Redondo licenciado en Bellas Artes no hubiera sido necesariamente mejor que el dibujante fiel a su autosuficiencia artística. Al menos así lo piensa Gloria Díaz Llorente, conocedora de sus técnicas y su filosofía: “Julián no hubiera mejorado en Bellas Artes. Creo que fue a conocer a Sanguino porque realmente los dos tenían una impronta muy parecida. La forma de modelar de Sanguino y la forma de dibujar de Julián eran muy cercanas en aquella época. Dentro de que ambos asumían el arte de una forma muy realista, los dos además realizaban unos escorzos muy parecidos. Creo que Julián quiso conocer a Sanguino por eso. Y creo que no le interesaba lo que pudieran enseñarle en Bellas Artes, porque el arte vigente en aquel entonces, los años 70 o los 80, el de La Movida Madrileña, no tenía que ver con él, aparte de que dominaba ese arte sin mirar. Creo que a esa edad Julián ya podía llegar a una clase y dar la vuelta a la mesa para dar la clase él. Además, tenía una técnica muy clara y también muy claros los materiales que utilizaba. Él quería descubrir algo por sí solo, porque él sabía que donde se podía llegar en óleo ya se había llegado; donde él quería llegar ya se había llegado. Y por eso se dedicó a la plumilla. Su desarrollo personal no iba por el óleo”.

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Para la escultora y filóloga villalbina, la muerte de Julián Redondo supone “la pérdida de humildad del arte”. “El arte con él pierde humildad, porque ahora mismo cualquiera que hace cualquier tontería parece que ha hecho algo, y Julián te hacía una genialidad y no le daba ninguna importancia. Se pierde además el arte como oficio, porque además está muy devaluado el arte como oficio. Y también pierde naturalidad”.

El legado del artista

 Familia y allegados cifran el legado artístico que deja Julián Redondo en herencia en unos 50 cuadros, algunos en proceso de catalogación en el momento de redactar este obituario, tarea a la que se han aplicado Rosa María Arteaga, la pareja que acompañó al artista en sus últimos ocho años de vida y albacea de los bienes, y Gloria Díaz Llorente. De parte de ese trabajo ha salido la muestra de cuadros que estará expuesta en el Ateneo de Madrid hasta este domingo. Según ha podido saber Aquí en la Sierra, Julián Redondo ha dejado escrito en su testamento que su obra sea entregada al pueblo de Collado Villalba para su exposición, algo que ya conocen las autoridades municipales.

En cuanto al ámbito privado, existen colecciones con un considerable número de dibujos, como la de su amigo José López Aguado, o la de Ernesto Redondo. Una pequeña parte de esta última goza de  gran popularidad en Collado Villalba, al estar expuesta en el bar La Cueva en una selecta combinación entre originales y copias. Además, en el establecimiento luce desde hace casi tres años un impresionante mural con el retrato del dibujante, una obra del polifacético artista Luis Herrero  que comparte espacio en la terraza exterior con réplicas de dos cuadros tan emblemáticos de Redondo como el de la Fuente de la Reina o el de la Estación de Collado Villalba.

Soledad Fernández: “Redondo hubiera evolucionado también al óleo, porque el dibujo es la base de la pintura y sus cualidades eran extraordinarias”

 “Mi hermana Begoña, la pequeña, iba con Julián al Instituto y un día me llamó y me dijo que había un chico que había dibujado un billete de mil pesetas perfecto”. Es el primer recuerdo sobre Julián Redondo que conserva la gran Soledad Fernández, la pintora villalbina cuyos óleos cuelgan, o han colgado, en galerías como la Sammer londinense, o en museos como el de las Bellas Artes de San Fernando de Madrid. Una obra artística de primera magnitud, expuesta en decenas de países, y que este mismo año ha vuelto a cautivar en la capital de la mano de su último cuadro, “El Descendimiento”, un impresionante lienzo de 1,95 x 2,25 metros que ha expuesto en el Ateneo y en la Casa de Galicia y con el que rinde su particular homenaje a uno de sus pintores más admirados: Rogier Van der Weyden.

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La pintora Soledad Fernández, en su estudio / Fotografía: Rafa Herrero

Soledad Fernández pertenece a ese selecto grupo de artistas que durante décadas despertó la admiración de Julián Redondo, y en el que, Velázquez y Doré al margen, también están pintores como Eduardo Naranjo o Martín Rico. La pintora siempre mantuvo una estrecha relación con Julián Redondo, en términos personales y de admiración mutua, como demuestra que fuera ella quien ya se encargara de presentar al dibujante en una exposición fechada en 1997 en la Casa de la Cultura de Collado Villalba. Entonces escribió en el díptico de la muestra: “Todos los que le conocemos, y somos muchos, sabemos de su gran pasión por el arte; cómo desde niño dibujaba con una facilidad asombrosa, que después fue desarrollando y hoy se nos presenta en su mejor momento”. Tiempo después, Redondo contravino su naturaleza tímida y correspondió presentando a su vez una exposición de Soledad Fernández, pese a su inicial reticencia. “Decía que no se le daba bien hablar en público, pero al final lo hizo”.

Ya en 2008, Soledad Fernández también participó activamente en “La Otra Mirada”, la exposición en la que Redondo estuvo arropado por las primeras autoridades municipales y gran parte de un tejido social de Collado Villalba que llevaba años esperando el regreso del artista. Para la ocasión, se editó un bello catálogo que es hoy una especie de joya para coleccionistas, con reproducciones de plumillas que mostraban a un Redondo en plenitud, combinando retratos recientes como el de su madre (2006), o el de la escultora Gloría Díaz Llorente abrazada a su galgo (2007) -en plumilla a color-, con paisajes urbanos como “La Estación de Collado Villalba” o la “Salida de Misa en 1920”. Soledad Fernández ya anticipaba en su texto de presentación la maestría alcanzada por la técnica de Redondo: “Nos vuelve a sorprender. Es sin duda insuperable, con una línea limpia y finísima que va desde la tonalidad más oscura y profunda degradándose sutilmente hasta alcanzar la luz con una precisión tal que los volúmenes surgen claros y diáfanos”.

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Estos días, en el momento de atender a Aquí en la Sierra, la pintora villalbina incidió en el gran mérito de dibujar a plumilla, algo que rechaza como técnica de segunda categoría: “A plumilla se hacen verdaderas obras de arte, sólo hay que ver a Doré, Fortuny o Martín Rico. Y es muy difícil, porque no se puede rectificar un error. Al dibujo no se le da la categoría que tiene, pero es la base de la pintura”. Soledad Fernández considera por ello que la capacidad técnica y artística de Julián Redondo le hubiera llevado a ser también un gran pintor al óleo, “porque en los cuadros que hizo ya se le veía venir y hubiera evolucionado”. Como uno de los grandes ejemplos de ello está “El Sueño de Velázquez”, óleo de 1972 que se expone de nuevo esta semana en el Ateneo de Madrid, y que le valió el Primer Premio de Pintura Anual de El Escorial, todavía con 18 años.

El valor relativo de pasar por Bellas Artes

Soledad Fernández, que fuera en sus inicios pupila del maestro de la escuela sevillana José Gutiérrez Valle, antes de depurar su técnica en ciudades como París, Venecia, Londres y Roma, resta importancia al hecho de que Julián Redondo tuviera un paso efímero por las escuelas de Bellas Artes de Madrid. “Pasar por la Facultad es siempre bueno, porque, por ejemplo, conoces a otros pintores y aprendes otras técnicas, pero no es necesario para ser un buen artista. ¿Que Julián no hizo Bellas Artes? La vida te presenta varias intersecciones y creo que, de haber seguido allí, hubiera dejado la plumilla, porque en aquellos años había otras modas”.

Soledad Fernández conoce bien la época de los años 70 en la que Redondo pasó por el Círculo de Bellas Artes, pues allí pulió la técnica adquirida durante siete años con Gutiérrez Valle, antes de lanzarse a su periplo de refinamiento de técnicas por Europa en los años 80. “En el Círculo hay una gran sala en la que situaban a una modelo encima de una tarima, y había en ella muchísimos pintores, no sabría decir un número”, recuerda, para dar a entender que quizá aquel no era el ambiente más idóneo para una personalidad como la de Redondo, acostumbrado a dibujar en solitario en sus estudios villalbinos, y marcando sus propios tiempos.

Fernández supo del fallecimiento de Julián Redondo dos días después de haber mantenido con él una conversación telefónica. Fue a través de una llamada de Concha Sanz, quien en las últimas décadas ha estado en fluido contacto con ambos artistas, en su condición de trabajadora del área de Cultura, jugando además un papel muy importante en exposiciones como la de 2008, en la que diseñó y editó el catálogo de “La Otra Mirada”. “Cuando me llamó Concha no me lo podía creer. Dos días antes yo había llamado a Julián al hospital y en ese momento me dijo que iban a pasar los médicos. Después, él me devolvió la llamada y hablamos un buen rato. Fue la última vez. Su muerte es una gran pena”.

En el adiós del gran artista, Soledad Fernández lo define como “una persona pura, que era muy entrañable, muy honrada y muy de izquierdas. Tenía unas cualidades extraordinarias, y también tenía amigos por todas partes, de distintas ideologías. Siempre iba con la honradez por delante”. De Redondo siempre le quedará su cuadro “Castilla Eterna”, “una obra que le compré en una exposición que hizo en Collado Mediano. Es una plumilla en blanco y negro que me entusiasmó, por cómo están dibujados los dos ancianos y esas casas típicas”. Costumbrismo con aire decadente, una de las temáticas preferidas del genio villalbino, al que Soledad Fernández no falló en ninguna exposición, salvo en la realizada hace tres años en el lugar donde estos días se recuerda al artista con su primera muestra póstuma: el Ateneo de Madrid.

Premios y exposiciones de Julián Redondo    

En sus más de 50 años de trabajo, el arte de Julián Redondo ha sido reconocido con diversos premios, sobre todo en los primeros años de su carrera, y expuesto en diversas localidades de la Comunidad de Madrid. La lista fue recopilada en el catálogo editado en 2008 por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Collado Villalba, con motivo de la exposición “La Otra Mirada”. Desde entonces, el dibujante villalbino ha añadido otros hitos a su carrera que dejan así la relación definitiva:

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Premios

1973.- Primer Premio del Concurso Anual de Pintura del Ayuntamiento de El Escorial, por el óleo “El Sueño de Velázquez”.

1974.- Segundo Premio del Concurso Anual de Pintura del Ayuntamiento de El Escorial, por el óleo “Soldado de Espaldas”.

1980.- Segundo Premio del Ministerio de Cultura en el Concurso Provincial de Pintura Juvenil de Madrid, por la plumilla “Matriarca Gitana”

2014.- Reconocimiento a su carrera en los Premios 14 de Abril de Collado Villalba, “por su trayectoria dedicada a la cultura, especialmente por su labor al plasmar la singularidad de los municipios de la Sierra”.

Exposiciones individuales

Segovia y Collado Villalba (1975); Casa de Cultura de Collado Mediano y Sala de los Bloques de El Pontón de Collado Villalba (1983); Casa de Cultura de Collado Villalba (1997); Café Galería Guiseris y Centro Cultural Luis Gonzaga, en Madrid (1998); La Tebaida, en San Lorenzo de El Escorial (1999); Restaurante Galería Marbella, en Madrid (2001); exposición “La Otra Mirada”, en Collado Villalba (2008); exposición “Transformando Certezas”, en el Ateneo de Madrid (2015); “Óleos y Dibujos”, en la Casa de Cultura de Collado Villalba (2016); “Legado para los paisanos de Collado Villalba”, exposición póstuma en el Ateneo de Madrid (septiembre de 2018).

Desde el año 2003 la obra de Redondo cuenta con una exposición permanente en el Bar Casa Emilio, en la calle López de Hoyos de Madrid.

Exposiciones colectivas destacadas

“Primera Muestra de Artes Plásticas”, en Collado Villalba (1979); San Martín de Valdeiglesias (1985); Galería San Pedro, en Madrid (1996); Instituto Nacional de Administraciones Públicas, en Madrid (1997); inauguración de la Biblioteca Miguel Hernández, en Collado Villalba (2006).

Jaime Fresno