La información es la mejor vacuna contra los mitos y falsas creencias que desatan la contagiosa “fiebre-fobia”

¿Qué padre no ha acudido alguna vez al pediatra, o incluso a las Urgencias del hospital más cercano a su domicilio, alarmado, angustiado y lleno de dudas ante una repentina subida de temperatura en su pequeño? Y es que la fiebre es el motivo de consulta más frecuente en esta especialidad, así como en las Urgencias pediátricas, y siempre ha estado envuelta en miedos y misterios, a pesar de que en muchos casos no es peligrosa, ni sintomática de un cuadro médico grave, ni tampoco requiere atención médica urgente.

Esta reacción es la consecuencia de la “fiebre-fobia”, un miedo injustificado ante este cuadro clínico basado en conceptos erróneos y, lo que es más difícil de abordar, contagioso y mantenido a lo largo del tiempo desde que el término se introdujera por primera vez hace más de 35 años.

Las razones de este problema generalizado de educación sanitaria en la “era de la información” son varias, según el Dr. Roi Piñeiro, jefe del Servicio de Pediatría del Hospital General de Villalba. “En Internet hay mucha, demasiada información falsa, y es importante saber dónde buscar, en fuentes fiables; además, la información verbal viaja mucho más deprisa que la escrita, y la ‘fiebre-fobia’ está instalada en la población, incluso los propios sanitarios la sufren”, asegura, añadiendo que, como fobia que es, “no responde a la razón, por lo que tendremos que enfrentarnos una y otra vez a la fiebre para convencernos de que no es peligrosa”.

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En este escenario, es difícil prever la “extinción” a corto plazo de este problema, pero, a juicio del especialista, “cualquier solución pasa por una adecuada transmisión de la información a las familias”. Solo así se podrán combatir las consecuencias de la “fiebre-fobia” que, amén de la preocupación y ansiedad que genera, da lugar a reiteradas e inútiles consultas médicas por parte de los padres, con sus consecuentes molestias, y a menudo también repercusiones a nivel laboral y personal, y a tratamientos antipiréticos agresivos e innecesarios, no exentos de efectos secundarios y errores de medicación.

Fiebre y buen estado general no implican urgencia

Así, si bien en términos generales “la fiebre indica que algo no va bien, siendo generalmente efecto de una infección, no tiene por qué implicar urgencia, y normalmente se puede esperar”, dice el Dr. Piñeiro. La clave en estos casos no es tanto la temperatura, sino el estado general del menor. “Si el niño tiene fiebre, pero está contento y parece que no está malo, situación que, por suerte, es la más habitual en los pequeños, se puede esperar un tiempo razonable de 24-48 horas para ver cómo evoluciona y, si la temperatura continúa alta, consultar entonces al pediatra”, indica. Sin embargo, si el pequeño se encuentra adormilado, no tiene fuerzas o su coloración es pálida o grisácea, el estado general está afectado y debemos solicitar atención pediátrica. Idéntico consejo debe seguirse en los menores de tres meses, en este caso independientemente de cómo veamos al bebé.

“Lo que no es recomendable en ningún caso es asustarnos, meter al niño en una bañera helada y obsesionarse con pasar de 400C a 360C en menos de una hora”, asevera el pediatra, advirtiendo que “eso sí es peligroso y puede, además, generar una convulsión o un síncope febril”.

Junto a estas indicaciones para reconocer la fiebre urgente de la que no lo es, el jefe del Servicio de Pediatría del Hospital General de Villalba señala otros dos caballos de batalla: acabar con las leyendas y falsas creencias instaladas en la sociedad, y empezar esa actuación por los propios profesionales sanitarios, quienes “debemos ser los primeros en luchar contra esas fobias y redoblar esfuerzos para transmitir una buena información a las familias”.

Mitos y leyendas a combatir

En este sentido, que es útil aplicar paños fríos o baños para tratar la fiebre -que, por el contrario, podrían incluso incrementar la temperatura central por provocar vasoconstricción cutánea y están desaconsejados por la mayoría de las sociedades científicas pediátricas- y que hay que desnudar a los niños y nunca abrigarlos es uno de los mitos erróneos más extendidos, defendido por más del 95 por ciento de los padres.

Le sigue muy de cerca la creencia de que el tratamiento precoz de la fiebre evita la aparición de las convulsiones febriles, con la que está de acuerdo alrededor del 80 por ciento de la población, a pesar de estar ampliamente demostrada la incapacidad de los antitérmicos para prevenir la aparición de éstas.

Parecido porcentaje de defensores tienen las prácticas de tratar siempre la fiebre con antitérmicos, aunque el niño se encuentre bien -“el objetivo es eliminar el malestar desencadenado por la temperatura corporal elevada, pero no bajar la fiebre que, sin embargo, es un mecanismo de defensa y colabora en la resolución de los procesos infecciosos”, señala el especialista-, y de alternar varios medicamentos para que el efecto antitérmico sea más potente -en contra de nuestra intención, lo que conseguiremos con esta actuación es favorecer la aparición de efectos secundarios y errores de dosificación, ambos potencialmente graves-.

Y finalmente, insiste el Dr. Piñeiro, más del 70 por ciento de la población decide acudir al centro de salud o a las urgencias hospitalarias con síndromes febriles de menos de seis horas de evolución, apoyándose en el falso axioma de que en cualquier niño con fiebre y buen estado general se debe consultar de forma precoz al pediatra. “Esto sólo consigue aumentar la inquietud de los padres, pues la exploración física será normal con casi toda seguridad, y no tendrán valor las pruebas complementarias”, concluye el especialista.