100 años del nacimiento de Manuel Viola, el pintor de la luz y el vacío que encontró su refugio en San Lorenzo de El Escorial

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“Amaneciendo”

Manuel Viola llegó a San Lorenzo de El Escorial en 1961. Y aquí se quedó hasta su muerte, el 8 de marzo de 1987, cuando ya era reconocido como una de las grandes figuras del expresionismo abstracto español. Este miércoles, 18 de mayo de 2016, se cumplen 100 años de su nacimiento, conmemoración que en su ciudad natal, Zaragoza, se celebra con una retrospectiva (“Manuel Viola. En recuerdo del porvenir”) que se puede visitar en el Palacio de Sástago hasta el 29 de mayo. Por el contrario, en San Lorenzo su recuerdo se ha ido diluyendo, quedando casi como único rastro una calle en la zona de Pozas Norte y la denominación del Certamen de Pintura Rápida que tendrá lugar a finales de julio (este año alcanza su trigésima edición). También, claro, su tumba -con su característica firma- en el cementerio municipal, lugar donde en 1988, un año después del fallecimiento del que fuera miembro destacado del grupo El Paso, se rindió homenaje al artista. Al acto acudieron, entre otros, su viuda, María Asunción Arroyo, el escritor Manuel Andújar, Antonio Saura, Francisco Umbral y el entonces alcalde, José Luis García Millán.

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“Es el gran maestro madrileño de la abstracción lírica, pintor que vivió los últimos veinte años de su vida en El Escorial, creando, amando, viviendo y engendrando un hijo”, señaló Umbral. “En sus cuadros hay pasión, hay luz, hay misterio, hay arrebato, hay un sentimiento. Hay algo que se quiere decir. Una palabra no dicha”, añadía.

En San Lorenzo, recordaba un artículo publicado en ‘El País’ el 19 de agosto de 1988, Viola encontró “el refugio y la tumba”. Fundó una familia y estableció amistad con pintores como Mariano Blázquez, Carmelo Juanis o Eugenio Cristóbal. “Miliciano en la Guerra Civil, exiliado en París, donde conoció a los surrealistas, Manuel Viola pasó muchas tardes en el bar Pimentel y en el café Miranda, hablando de toros, literatura y del cante de Caracol, recuerda su amigo, chófer, cocinero y ayudante durante 18 años Luis Fernando Arenaza”, escribía entonces Adela G. Revelo.

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“La Saeta”, una de las principales obras del pintor fallecido en 1987.

Junto al oscense Antonio Saura y al turolense Pablo Serrano, fue miembro del grupo El Paso, el colectivo plástico más importante de la segunda mitad del siglo XX. Después de una etapa cercana al surrealismo, conectó la gestualidad de la abstracción lírica francesa con la tradición de la pintura española –El Greco y Zurbarán, pero sobre todo Goya-, llegando a ser uno de los nombres más destacados del informalismo español, con obras como “España, aparta de mí este cáliz”, “Isla de los muertos”, “Profecía”, “Homenaje a Bécquer”, “Ventana a la muerte” o “La saeta” –inspirada por una fotografía de la Semana Santa de Cuenca-. Luz, espacio y vacío son los elementos fundamentales en la pintura de Manuel Viola, del que el ensayista y crítico de arte José Corredor-Matheos dijo que “es uno de los artistas que representa de manera ejemplar la que es, acaso, la línea más caudalosa de la pintura del siglo XX. Lo importante en ella es la acción misma de pintar, sea por la rapidez del trazo o porque, más que por el resultado de la obra interese su realización. Pensemos en Picasso, los miembros del grupo COBRA, la ‘action painting’, Saura, así como en Soulages y Hartung, con quienes se había relacionado Viola en París. Los cuadros de Viola de su mejor época son, sin embargo, fruto de una cierta contemplación”.

Su obra se encuentra, entre otros, en el Museo Reina Sofía de Madrid, el Museo de Arte Abstracto de Cuenca, el Museo de Arte Contemporáneo de Elche, el Guggenheim de Nueva York, el Museo de Arte Moderno de Lieja o el Museo Nacional de Buenos Aires.